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Gran controversia generó mi columna de la semana pasada, “Suesca no come cemento”, y en las redes sociales lo que más se ha movido es la frase “Cementos Tequendama y Davivienda están en el lugar equivocado”. De otra parte, un amigo economista me decía: “La casa en la que usted vive y las carreteras por las que se mueve usan cemento. ¿Verdad? Entonces…”.
El cemento es útil y necesario. Lo que es un desacierto y un contrasentido es establecer una fábrica de cemento en un casco urbano. El tráfico cotidiano de cerca de cien tractomulas, la contaminación y el ruido que genera la molienda de material afectan negativa y drásticamente la calidad de vida en la población. En contraposición, hoy Suesca basa su desarrollo en el ecoturismo, dado el gran potencial asociado a su paisaje y los escenarios naturales que abren lo rural al mundo urbano en las goteras de Bogotá, una metrópoli ávida de espacios naturales que concentra el 20% de la población colombiana y el 30% del PIB.
La publicidad empresarial que sacó Cementos Tequendama en Portafolio la semana pasada hace énfasis en empleo y medio ambiente. Los 150 empleos que, según su presidente, genera el monstruo contaminante son muchos menos de los 2.500 empleos directos que generan las flores en Suesca. También son menos de los que ya hoy está generando la floreciente actividad turística, pues entre restaurantes, hostales y guianzas de escalada realizadas por locales se suman más de 200 empleos. La actividad turística de Suesca apenas despega dado que su plan de desarrollo ecoturístico sólo fue estructurado y aprobado por la presente administración, la del alcalde Nelson Mestizo. Para apoyar dicho plan, la CAR y la Alcaldía están gestando la creación de un parque de escalada, ciclorrutas, caminatas y conservación de la cuenca alta del río Bogotá. Tendremos 140 fanegadas que serán un gran atractivo para colombianos y extranjeros.
El abanico de opciones de desarrollo para Suesca va desde convertirse en un suburbio marginal de Bogotá donde, además de la cementera, el municipio sea usado como población dormitorio de los trabajadores de las empresas de Tocancipá, Gachancipá y Zipaquirá, o, por el contrario, convertirse en el eje de la creciente industria turística entre la laguna de Guatavita, el cerro de las Tres Viejas en Sesquilé, las rocas de Suesca y la mina de sal de Nemocón, siendo ésta la primera y más importante ventana verde para los bogotanos, que puede basar su desarrollo en industrias sin chimeneas y contribuir a proteger la cuenca alta del río Bogotá. Con razón, el municipio negó la reciente solicitud de expansión de la cementera, pues en su esquema de ordenamiento no aprueba áreas para desarrollo industrial.
Como dicen los tuiteros: “Cementos Tequendama y Davivienda están en el lugar equivocado”. Hay que sacar esa fábrica, no sólo del casco urbano —donde es imposible que funcione en armonía con la población local, ya que no existen estándares ambientales satisfactorios para cementeras ubicadas en cascos urbanos—, sino del municipio, pues amenaza el eje del desarrollo sostenible de la región.