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“A tirar infantería”, dice Hernán Peláez cuando se dirige a su destino. Una frase que nació en la jerga militar y se adaptó al lenguaje popular, a una forma de hablar que refleja ese sentido del humor que tanto lo caracteriza como persona y como periodista deportivo.
“Siempre tuve esa mezcla de la ironía, el sarcasmo. Eso a la larga se convierte en humor. Alguna vez le pregunté al doctor Panesso que qué personaje manejaba para el humor negro y me dijo que Cioran, y ahí empecé a buscar cosas de él, pero como venía diciendo, eso se va construyendo no tanto con el tiempo, sino con la facultad de sacarle provecho a un comentario”, cuenta Peláez.
Contrario a los imaginarios o prejuicios del periodismo, Hernán Peláez se hizo reconocido por pensarse como oyente, lector o como un ciudadano común.
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“Lo que más me enseñó la radio hasta ahora fue pensar en el oyente, no tanto en el que está en la cabina, sino en el que está del otro lado. Y eso también lo lleva a uno a cultivar un lenguaje muy sencillo. Algún profesor me dijo que cuando uno está en un medio de comunicación y está hablando tiene que tener un lenguaje que le llegue al tipo que es analfabeta, pero que oye. Es un rango muy amplio, y yo intento ser casi que coloquial con la gente. No puedo darme el lujo de que alguien no me entienda. Ahorita me pasa mucho con Martín de Francisco. Me toca traducirlo para que los otros sepan qué es lo que quiso decir. No tengo afán de tener la noticia primero, sí de tener seguridad de lo que voy a decir. Puede que uno salga de la universidad no sabiendo mucho, pero hay elementos que sirven y que los da la academia. Hoy en día agradezco que hubo disciplinas que ayudaron”, asegura.
Despojarse de cualquier pretensión y mantenerse con los pies en la tierra. Eludir la viruela de los elogios mutuos, esa misma de la que se alejaron García Márquez y Álvaro Mutis. Aceptar que una virtud como su memoria le pertenece a su tiempo y su generación, y no a un privilegio otorgado por los dioses.
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“Creo que es un tema de generación. En las clases de geografía te enseñaban los ríos, los nevados. Y eso había que memorizarlo. En la poesía también aprendimos eso, porque era una materia que también veíamos. Y hay cosas de las que me acuerdo, por ejemplo que la campaña libertadora de Simón Bolívar en el Magdalena Medio era Mompox, Tenerife, Guamal, El Banco, Chiriguaná y Tamalameque. Era como una alineación. Y el fútbol me dio mucho más. Me sé las delanteras de los años 50. Eran como poesía. Como soy de Cali, recuerdo el Boca de allá, que jugaba con delanteros paraguayos. Uno sabía que el ataque era Pernía, López, Patiño, Genis y Gañepe. Todo eso uno lo asimilaba como una rima. Pero pienso que no es exclusividad mía. Es la educación de la generación”, afirma.
Ver entonces en el fútbol pequeños destellos de poesía que no son solamente provenientes de una finta, recitar formaciones que parecen versos de Julio Cortázar, uno de sus autores favoritos, o cantarlos como los boleros y sus frases que se escapan entre los comentarios que hace sobre ese deporte que atraviesa su corazón. Fumarse un cigarrillo en pequeñas pausas, ser minucioso con su cotidianidad y cumplir a cabalidad con sus horarios, respetando así una ley de vida y también respetando los espacios de los demás.
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“Fui siempre una persona de horarios, de cumplir con ellos. Para mí el cumplimiento siempre fue una regla, y más cuando estás en radio. Eso me fue conduciendo a estar preocupado de que todo esté listo a la hora que es”, dijo recordando su paso por el programa 6AM, que le dejó el hábito de madrugar para que el día durara más, pero también lo que fue su huella con La Luciérnaga, uno de los espacios radiales más importantes del país y en el cual estuvo por 23 años, cerca de la mitad de su carrera en este medio de comunicación que le dio sentido a su existencia.