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El maestro "Joche" Álvarez se sienta debajo de un techo de paja, fresco como ningún otro rincón de su casa. Parece inmune a la conmoción causada por el grupo de doctores que ha llegado al pueblo de Ovejas, en el interior de Sucre. "Eso de pararme a hacer fila con to’a la montonera, rogando para que me atiendan, no me gusta", dice con su voz grave y ronca, como las notas que en algún momento le sacó a su instrumento.
En el pasado estaría tocando sus gaitas. Hoy permanecen guardadas porque le causan una fuerte alergia en la garganta. Aún no se ha revisado los ojos, pero sabe que los tiene cansados. "Por este ojo (el izquierdo) ya veo a las muchachas así como borrosas, del otro sí las veo bien bonitas", dice "Joche" intentando explicar sus males mientras sacude el polvo de su guayabera blanca y pantalones caquis.
A tan sólo cuatro cuadras de la casa del maestro, el pueblo olvidó su tranquilidad usual. Al lado de la plaza principal, frente a la escuela del Bienestar Familiar, se reúne al mediodía una enorme multitud. Un grupo de mujeres ya arrugadas por el sol de tantos años en el campo se sienta en unas sillas frente a la escuela. "¡Anda, niña! Ten cuidado", le dicen en tono de regaño a una jovencita que pasa con afán y las golpea. Todas quieren entrar primero.
Las mujeres están sentadas bajo dos carpas puestas para cuidar del sol a quienes esperan. Frente a ellas hay una escalera que lleva a la entrada de la escuela. Un soldado de unos cincuenta años, bajo y regordete, grita con toda la autoridad que le da su cargo desde la cima. "¡Tienen que esperar, organícense, yo no quiero ver montonera", dice, y con cada palabra sube su nivel de voz, hasta que las personas, ya molestas, aburridas y sin otra opción, le hacen caso.
Al ingresar por el portón se ven algunos pacientes sentados en sillas Rimax que bordean las paredes. Lloran los niños, pelean las madres, los viejos ya cansados esperan y los doctores se apuran por atenderlos lo más pronto posible. El grupo de 32 médicos empieza la ronda de consultas en optometría, oftalmología, dermatología y pediatría. Vienen del interior, de la capital, se nota en sus pieles lechosas, en sus cachetes ya enrojecidos.
Uno de los optómetras es Jairo Peña, quien está haciendo el rural, la última etapa de su entrenamiento médico, con la patrulla. "¿Sabe leer?", le pregunta a una señora de más de 70 años de edad. "No", responde irritada -para ella la respuesta es obvia-. "¿Conoce los números?", vuelve a preguntar el médico. Ante la respuesta afirmativa le pasa una cartilla y comienza a ponerle lentes mientras ella recita en voz alta los números que ve. Le da las gafas y se despide. Respira por un segundo y llama al siguiente.
Saliendo nuevamente por el portón principal de la escuela, frente a éste, un poco más a la derecha, está el hospital del pueblo. Hay una desesperación inminente atrapada en el húmedo aire del puesto de salud de paredes verdes y amarillas; una de las pocas edificaciones de dos pisos en el pueblo. Antes de entrar a las salas de cirugía, los pacientes, hombres y mujeres, esperan desnudos. Descansan en sillas de plástico y tienen conectadas bolsas de suero que penden de una cabuya colgada a la pared con puntillas. Sus cuerpos están cubiertos por sábanas que ellos mismos debían traer.
Al final del pasillo a la izquierda está Rodrigo Acosta, un patólogo que lleva 15 años en la Patrulla Aérea Civil Colombiana. No se sienta nunca, ni siquiera en el espacio entre una cirugía y otra. Se encuentra en una sala de dos camillas en las que siempre hay una mujer acostada, ya sea siendo operada o esperando a serlo. Su hija Gabriela, quien está por entrar al último año de residencia para graduarse como médica, está frente a él. Mientras ella hace las puntadas finales para cerrar la incisión de la operación, Rodrigo se cambia los guantes y camina dos pasos a la camilla del lado. Ahí, el experimentado médico inicia la siguiente cirugía en soledad y luego de unos minutos es acompañado por su hija. Esta vez, es él quien termina de poner los puntos mientras su hija pide unos guantes nuevos y se dirige a la próxima paciente. Y así se repetirá la danza quirúrgica hasta las tres de la mañana.
Entre pequeñísimos descansos, Rodrigo recuerda los cientos de pueblos como éste, algunos totalmente abandonados por el Estado, a los que ha llegado en los pequeños aviones privados de la Patrulla Aérea. Habla sobre los pilotos que ha conocido, quienes donan sus aviones y su tiempo para transportar a los doctores. Se estrenó como cirujano un día en que el ginecólogo encargado de la cirugía de ligación de trompas (con la que las mujeres quedan imposibilitadas de tener hijos) no llegó. "Ese día dije que lo hacía y seguí haciéndolo hasta ahora".
El doctor Acosta tiene el pequeño y único privilegio de operar en el frío que le brinda un viejo aire acondicionado. Lejos, en la escuela, retumban cada vez más fuerte los gritos del sargento primero Luis Orlando Lenis. "¿Qué es lo que pasa aquí?", "Pero ¿cuál es el problema?, señora", "Ya voy a hablar con el soldado para resolverle su inquietud", dice con un leve acento paisa. Y aunque nació por los lados de la Dorada, Caldas, a veces se le escapa un "eche, no joda". Está encargado de la acción integral de la Armada en 14 municipios de Sucre y además está convencido de que fueron ellos los responsables de eliminar a la guerrilla ahí. "Ahora mi lucha es ésta", dice, mirando a su alrededor. Lenis apaga su cigarrillo y se para: "Se acabó el descanso… ¡A ver! Las quiero en fila, organizadas! ¿Cuál es el problema ahora?".
Las jornadas largas conservan un flujo de gente que se mantiene estable de viernes a sábado. La noche del segundo día, los médicos, cirujanos y enfermeras duermen tranquilos con la certeza de que hicieron lo posible para que todos fueran atendidos, al menos una vez en su vida, al menos de carrera. La mañana del domingo las tiendas ya no adornan el frente de la escuela. Los espacios ocupados por filas humanas ahora sólo contienen el vacío que precede una partida. Ya se van los médicos, los espera un bus a un lado de la plaza. Los oftalmólogos retiran las vendas de sus pacientes, sentados en filas de tres, en la sala de espera del hospital. "Tenga estas goticas y póngase una en el ojo cada ocho horas. Éstas gafas son para usar sólo cuando salga el sol… No, con mucho gusto, hasta luego". Así salen del control médico las filas de pacientes, en su mayoría ancianos, caminando hacia sus casas en bandadas. Lucen con orgullo sus nuevas gafas negras y brillantes que resaltan en las calles el color tierra del pueblo de Ovejas.