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La educación es vital

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Con la mayoría de las apreciaciones del editorial publicado por este periódico el día 5 de octubre, titulado “Así toque repetirlo: la educación presencial es vital”, estoy de acuerdo; no lo estoy cuando parece que conocen las situaciones de la educación en Colombia de oídas, no de primera mano. Por favor, vayan e interpelen a las y los docentes para que les cuenten que han estado presentes en la vida de sus estudiantes por los medios habidos y por haber: cuando se estaba en confinamiento, con encuentros virtuales; no se amilanaron con la alternancia y tampoco con la presencialidad alternada, la modalidad con la que se está ahora: los grupos se dividieron y un grupo va los días pares y el otro los impares, con lo que la labor se multiplica porque la cotidianidad invita a relacionarse y ver a los grupos diferentes. 7C1 no es igual a 7C2, aunque antes de la pandemia era un solo grupo, 6C. Y por eso cuando se integren, algo que no veo posible este año, la tarea de las y los docentes será un trabajo de limar asperezas, de volver a educar en tolerancia, saber cómo enrutar los liderazgos positivos y también los negativos.

Otro aspecto que no comparto es cuando se refieren sólo a las dificultades de los sectores rurales y de las zonas vulnerables del país. Estoy de acuerdo en que hay que prestarles mucha atención, pero las y los estudiantes de la ciudad han padecido mucho las consecuencias de la pandemia, así la mayoría no haya visto tan entorpecido su proceso formativo. Hogares sin internet, aunque sea difícil creerlo para ustedes; jóvenes muy débiles porque sus familias no tienen trabajo, algo que ustedes omiten. Y lo más grave que se ha visto es el palpable aumento de jóvenes con depresión o con abulia exacerbada, tanta que se rehúsan a hacer tareas escolares sencillas en la casa: todo tiene que ser en la institución y así la compensación de los tiempos perdidos por la pandemia o por el paro de un mes del sindicato de docentes ha sido muy difícil.

Otra situación que viven las y los estudiantes citadinos es que se acuestan muy tarde, así los encuentros pedagógicos sean a las 5:50 a.m. Lo hacen porque se quedan chateando con sus pares o con juegos virtuales que los absorben tanto que no se acuestan hasta que no sufran una derrota o triunfen. Debido a eso, encontrarse con estudiantes después de un fin de semana es muy frustrante: personas muy jóvenes casi dormidas en las horas de la mañana, mientras que el educador cuarentón, que está al frente, tiene más vitalidad.

Por último, debo preguntarles si han indagado en el Ministerio de Educación por la estrategia para romper la apatía por la formación que se ha agravado en nuestros jóvenes, si los doctores en pedagogía que trabajan para el Ministerio se han planteado prácticas que despierten en las y los jóvenes el deseo de dialogar, de preguntar, de construir, de vivir.

Esteban Ibarra Arrubla.

Envíe sus cartas a lector@elespectador.com.

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