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La lucha de una amazona

Por culpa de un cáncer mal diagnosticado, María Teresa Restrepo perdió su seno derecho.

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Desde hace casi cinco años, cada vez que María Teresa Restrepo contempla su pecho, no encuentra más que la deforme cicatriz de lo que alguna vez fue su seno derecho. El rastro de su feminidad, que desapareció por obra y gracia de un bisturí. Caleña, de 51 años, se percató de que la desgracia no desaparecía de su vida cuando su esposo, pálido y estupefacto, le reveló que los exámenes del laboratorio indicaban que ella no tenía cáncer. Apenas habían pasado cuatro días desde que, creyendo que su vida estaba a punto de esfumarse por cuenta de un carcinoma, un médico oncólogo le había extirpado el seno.

Los antecedentes en familiares fueron el primer factor en su contra. A su madre le habían removido un pedacito de piel cerca de un ojo por causa de un cáncer ocasionado por el sol y en un chequeo rutinario, en abril de 2007, este dato fue suficiente para que su ginecólogo le ordenara una ecografía de senos. El radiólogo que analizó los resultados le sugirió hacerse una biopsia de tejido mamario, una prueba para descartar o comprobar si tenía cáncer de mama. Su ginecólogo le hizo la orden médica del examen con carácter prioritario, pero la urgencia se enredó entre las demoras de la EPS Coomeva y una nueva infección contraída.

Como la biopsia es una intervención quirúrgica, María Teresa Restrepo debía además hacerse unos exámenes del corazón luego de que en una cirugía de apéndice le diera un paro respiratorio. Ella le habló al cardiólogo de un fuerte dolor que tenía en el lado izquierdo del abdomen y, al chequearla, el médico concluyó que tenía un herpes zóster, conocido popularmente como culebrilla. Estuvo tumbada en una cama hasta finales de julio de 2007, consumiendo fuertes medicamentos que la mantenían mareada. “Me quemaba por dentro y no podía moverme. Se me habían bajado las defensas del estrés por las demoras en las autorizaciones de los exámenes”, recuerda.

Sorteados los obstáculos, la biopsia tuvo lugar el 18 de julio de 2007. Una semana más tarse encontró, resultados en mano, llorando a mares en la Clínica de Occidente de Cali. “¿Carcinoma es cáncer, verdad?”, les preguntó a las enfermeras. “Sí señora”. Salió del centro médico derrumbada. Las enfermeras le hablaron de un “estudio de receptores hormonales, pero ella no sabía de qué le hablaban y tampoco estaba prestando mucha atención. “Pensaba en el poco tiempo de vida que me podía quedar. En el parqueadero me esperaba mi esposo, le entregué el resultado de la biopsia y él también quedó sin palabras”.

El biólogo de ascendencia libanesa Ómar Kafury Sánchez, su marido, se puso manos al volante y llevó a su mujer al consultorio de Luis Eduardo Montaño, su ginecólogo. Montaño notificó a Coomeva y María Teresa fue remitida al oncólogo Jaime Rubiano Vinuesa. Con base en los resultados de la biopsia, el doctor Rubiano les explicó a ella y a su marido que el único camino para salvar la vida de ella era extirpar todo el seno y reconstruirlo. Al día siguiente la mujer le pidió a Coomeva el permiso para los procedimientos, pero le negaron el de la reconstrucción del seno. Arguyeron que se trataba de un tratamiento estético que de ninguna manera patrocinarían.

Al final la EPS tuvo que aceptar el pago de la prótesis, porque así se lo ordenó el juez 34 civil municipal de Cali. María Teresa interpuso una tutela con la que reclamó su derecho a la integridad física en condiciones dignas, porque “el tiempo pasaba y yo tenía menos posibilidades de poder hacerme un tratamiento a tiempo por los inconvenientes que le presentan a uno en las EPS”. Para acelerar la decisión, habló con el funcionario judicial que estudiaría su caso, quien, al ver los resultados de la biopsia, determinó que Coomeva tenía 48 horas para autorizar la cirugía reconstructiva del seno. Ese mismo juez lloraría luego al saber, de boca de María Teresa, que nunca tuvo cáncer.

Trece días pasaron desde que el juez le dio esa orden a Coomeva hasta que María Teresa llegó al quirófano, el 3 de septiembre de 2007. Cinco días atrás la paciente le había preguntado al oncólogo Rubiano Vinuesa sobre los receptores hormonales que habían mencionado las enfermeras el día que le entregaron los resultados de la biopsia. “Se me olvidó mandárselo”, replicó el médico, quien acto seguido les explicó a ella y a su esposo que se trataba de un estudio para establecer qué tratamiento se aplicaría después de la operación. El estudio fue ordenado y un laboratorio de Cali recibió las muestras de los tejidos supuestamente cancerígenos de María Teresa Restrepo.

La cirugía fue ambulatoria, pero la recuperación, muy dolorosa. No le ayudó que venía con una herida en el pezón que le quedó de la biopsia. La cirujana estética que le hizo la reconstrucción del seno la revisaba todos los días, hasta que notó que la piel de la mama operada empezaba a presentar necrosis: se estaba muriendo el tejido. María Teresa fue remitida a cámara hiperbárica —un mecanismo para aumentar el transporte de oxígeno en la sangre— y tuvo que hacer 17 sesiones para tratar de salvar la piel. En esas andaba cuando supo que el estudio de receptores hormonales indicaba que no tenía cáncer.

“Mi reacción fue mentar la madre y llorar. Pensaba que esto no podía estar pasando, que era una pesadilla”. Desentonada y molesta se dirigió a la Clínica de Occidente mientras empezaba a planear una denuncia en la Fiscalía. Era viernes. El lunes siguiente habló con la patóloga del laboratorio que le había anunciado que estaba sana. Ella, de paso, había sido estudiante del oncólogo Rubiano. “Me dijo que le daba mucha pena con su profesor, pero que tenía que contradecirlo en el diagnóstico”. Un segundo laboratorio analizó las muestras de María Teresa para llegar a la misma conclusión: cáncer no había.

El 21 de septiembre de 2007 María Teresa tuvo que ser intervenida de nuevo. La necrosis seguía avanzando y la herida del pezón había evolucionado hasta convertirse en una infección que obligó a los médicos a retirarle la prótesis. “Salí de la cirugía muy deprimida y no podía parar de llorar. Fue muy impactante verme sin seno, con un hueco ahí horrible. Ni yo misma me aceptaba. Física y mentalmente estaba destrozada”, recuerda. Adquirió una bacteria posoperatoria, que es una de las principales razones por las que la gente muere al ser intervenida quirúrgicamente. El 15 de octubre de ese año regresó al quirófano para un desbidramiento, que es la eliminación del tejido muerto.

Ocho meses más tarde, en junio de 2008, María Teresa ingresó una vez más al quirófano. Con un nuevo cirujano plástico a bordo, supo que la única manera de volver a tener su seno derecho era sometiéndose a otra dolorosa operación. Le sacaron el músculo del estómago y lo pusieron donde antes estaba el seno, y le pusieron una malla para que los intestinos permanecieran en su lugar. Pero la herida del abdomen no sanó como debía y, al contrario, se fue abriendo al punto de que nuevamente volvió a cirugía. “La herida era de cadera a cadera y estaba muy abierta. Era impresionante. Duré yendo a la clínica todos los días durante dos meses y medio”.

En enero de 2009, cuando Medicina Legal presentó su informe apoyado en conceptos del Instituto Nacional de Cancerología, anotó que era posible que un mismo tejido conllevara a dos diagnósticos. Sin embargo, Medicina Legal advirtió también que la historia clínica de María Teresa evidenciaba que el oncólogo Rubiano no había realizado cierto estudio que hubiera sido clave para diagnosticar acertadamente, y que tampoco había buscado una segunda opinión. Los peritos que analizaron el caso hallaron que, aunque el diagnóstico era difícil, Rubiano había fallado al no ordenar más exámenes, que la historia clínica estaba incompleta y que, en resumen, la extirpación total del seno se habría podido evitar. En síntesis, que le quitaron el seno por un cáncer que no fue.

Hoy, a María Teresa Restrepo la arrincona el dilema de dejarse hacer o no otra cirugía para darle forma a su seno, así como una operación que le dé forma a su estómago. “Mi marido no quiere que me haga más operaciones. Él, como yo, está muy asustado, y me dice que por un seno no me va a dejar de querer”, expresa. Más allá de las sanciones que puedan emitir los jueces, lo que ella anhela es que esta pesadilla llegue a su fin. Su historia es la de una cadena de circunstancias que hicieron de ella una amazona, aquella figura mítica griega de las mujeres que para poder cazar y luchar se estirpaban el seno derecho. Mujeres guerreras, como María Teresa.

 

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