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El Madrid cambió de jugadores, sembró el campo de minas y tuvo un gol regalado de principio. Lo mismo dio: abdicó de nuevo. Tampoco le bastó su molde más industrial. Por ello fue una derrota deportiva y moral. El Barça es su pesadilla. Le ganó 2-1.
Fue sincero Mourinho en la víspera. Reconoció que aún no había dado con la tecla ante el Barça, así que regateó la alineación hasta el último suspiro y rescató otra partitura, la que más congenia con su interpretación de este juego. Mourinho fue más Mourinho que nunca, esta vez ya sin concesiones. Es probable que en los días antes rebobinara el duelo de Champions que le ganó a los azulgrana con el Inter, porque el Madrid propuso sin tapujos la misma oposición. De sopetón, rescató a Carvalho, ausente desde el 27 de septiembre, tiró de Altintop, del que apenas había rastro desde su fichaje, exilió a Marcelo y adelantó a Pepe a la barricada central. Una intención evidente: que el Barça, que siempre quiere jugar, no jugara y, si acaso, buscar algún contragolpe episódico.
Una pifia del arquero Pinto puso al Madrid a soñar. El gol de Cristiano Ronaldo no alteró en nada el guión. El Barça intentó reconocerse entre las trincheras blancas, con Pepe de mariscal y Alonso en el permanente auxilio de Altintop frente a Iniesta. Barcelona abanicó la pelota como acostumbra, pero con menos docilidad.
Los de Guardiola no encontraron el fútbol recreativo que les ha encumbrado. Tras el descanso, se venció la resistencia local. La pelota se impuso y, por tanto, ganó el Barça. Como el fútbol es el arte de lo imprevisto, el equipo de Guardiola equilibró el marcador de la forma más inopinada. En su caso, el gol suele ser hijo de su fútbol y su mejor fútbol llega con la pelota en rodaje. No hay suerte del juego que más desprecie que el córner. A Xavi le dio por lanzar uno en largo en siglos, y Puyol, como si se tratara de la semifinal mundialista ante Alemania, voló para cabecear el empate.
Pepe, el destinado a arrestar al equipo, estaba en las nubes en el empate azulgrana. Su sesteo le destempló. No son nuevos sus cortocircuitos. Su versión matonista en nada beneficia a ningún futbolista, pero mucho menos a alguien con tantos recursos como este central portugués. De trifulca en trifulca terminó por pisar una mano a Messi cuando éste estaba tendido en el suelo por una falta de Callejón. El árbitro se hizo el loco y Pepe se fue al banquillo con una sola tarjeta. La gasolina de Pepe desnortó en parte al Madrid, que ya tuteado por el Barça, quiso dar réplica con un partido en combustión. No lo logró porque en la noche de lo improbable el grupo de Guardiola selló su victoria con el gol de otro defensa. Messi, en su mejor recado, habilitó a Abidal con un gran pase. Y el enésimo azote azulgrana al Madrid.
La historia ya está igualada: de los 216 clásicos disputados, 86 victorias para cada uno. La vida, el fútbol, son ciclos. Este es del Barça.