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A las 11:30 de la mañana de martes, una hora después de ver salir a Fernando Londoño de su oficina en Radio Super, la recepcionista Melissa Durán recibió la noticia: el doctor Londoño había sufrido un atentado y sus dos más leales hombres, Rosemberg Burbano y Ricardo Rodríguez, a quienes ella conocía muy bien, habían muerto en el ataque.
Burbano, de 35 años, era intendente de la Policía Nacional, institución a la que se vinculó desde octubre de 1995 y donde obtuvo 47 felicitaciones y condecoraciones. Era tal la confidencialidad que el exministro tenía con este hombre, que durante siete años de trabajo con él nunca permitió que lo desvincularan de su esquema de seguridad. Lo asegura Durán, la recepcionista, quien cada mañana hablaba con el escolta mientras éste esperaba que Londoño terminara su transmisión matutina en el programa La hora de la verdad.
El intendente Burbano se había casado en 2011, tenía un hijo de 10 años y estaba a punto de terminar su carrera profesional como psicólogo. “No quería quedarse solamente como patrullero y decía que si le llegaba a pasar algo siendo escolta, tenía posibilidades de dedicarse a otro oficio si tenía un título profesional”, recuerda Durán.
Ricardo Rodríguez, entre tanto, tenía alrededor de 34 años, era más reservado que su compañero. Por su compromiso y lealtad también se había ganado un lugar de confianza en el esquema de seguridad de Londoño y precisamente él conducía la camioneta blindada en el momento del atentado.
Ambos murieron minutos después de que un desconocido dejara un paquete explosivo sobre el auto en el que se movilizaban junto con el exministro Londoño. Fueron las dos únicas víctimas fatales de la bomba, que dejó además, según el último reporte de la Alcaldía de Bogotá, 48 heridos.
Entre los sobrevivientes se encuentra José Novoa, amigo de Burbano y Rodríguez, y miembro también del esquema de seguridad de Londoño. El escolta, que viajaba en otro vehículo custodiando a Londoño, fue trasladado a la Clínica del Country, al igual que otras 27 personas heridas, quien rápidamente fue blindado por agentes de seguridad para permitir que hasta allí llegarán Juan Manuel Santos y el ministro de Defensa, Juan Carlos Pinzón, quienes visitaron en la tarde al exministro y al resto de víctimas.
“Mi papá está bien físicamente, pero está muy triste por lo que les pasó a sus compañeros”, expresó la hija de Novoa frente a la sala de urgencias de la clínica.
En el centro médico se sentía la tristeza y la ansiedad de los familiares y amigos de los lesionados, apostados alrededor de la clínica. En sus rostros se veía la angustia por la falta de información y el miedo por el destino de sus seres queridos.
Guillermo Alberto Londoño fue uno de los primeros familiares en llegar para informarse sobre la salud de su hermano. Minutos después de haber hablado con él, le contó a El Espectador que el exministro se encontraba estable, pero que la muerte de sus dos escoltas también era una noticia trágica para él.
Poco a poco, algunos de los heridos comenzaron a abandonar la clínica a lo largo de la tarde. Lilian Johana Arévalo y su novio, Luis Ernesto Ortega Cely, fueron los primeros en salir. Arévalo lloraba, le huía a los periodistas, y su novio, con el rostro herido y la camiseta ensangrentada, le siguió los pasos. Momentos después salió Helda Díaz, de 54 años, un ama de casa que salió de su vivienda a hacer vueltas para su pensión. La suerte la acompañó: pese a estar en el bus destrozado por la bomba, solo sufrió una fractura en su brazo izquierdo y heridas en el rostro producto de las esquirlas.
La Clínica del Country confirmó que 23 de los heridos fueron dados de alta. Sólo cinco personas permanecen hospitalizadas, entre ellas Fernando Londoño y Humberto Aldana, conductor del bus que, al lado de la caravana de escoltas, quedó destruido.