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No caigamos en la trampa

Antieditorial
15 de marzo de 2015 – 10:24 p. m.

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A PROPÓSITO DEL EDITORIAL publicado el día 13 de marzo de 2015 considero necesario realizar los siguientes comentarios: para comenzar, es importante recordar a personajes como el señor Juan Sebastián Toro, que así como a todos los que nos cupo en suerte habitar este planeta, los seres humanos somos invitados de paso en este paraje cósmico, y tan solo una especie entre la inmensa cantidad que conforman este globo que llamamos Tierra.

Es así como, para reivindicar la dignidad de esos otros seres, en 1978 la UNESCO proclamó la Declaración Universal de los Derechos del Animal (en adelante DUDA), y en su preámbulo manifestó, entre otras indiscutibles verdades, que la vida es una, que todos tenemos un mismo origen y que todo ser vivo tiene derechos. Por lo tanto, es necesario rechazar todo tipo de violencia contra los animales. Por el contrario, los seres de “inteligencia superior” tenemos la responsabilidad de —al menos— evitar destruir el entorno y los seres que coexisten con nosotros.

Si bien es importarte señalar que en el editorial es clara una posición en contra de este tipo de conductas que atentan contra los animales, la forma mediática como ha sido abordado este desconcertante hecho no es adecuada pues caemos en el error de tener una visión simplista de la problemática.

En primer lugar, cuando el autor se pregunta por la quintaescencia de la violencia nos recuerda que existen serios indicios de que nuestra sociedad está compuesta por seres iracundos por naturaleza, y que el odio aflora a la vuelta de la esquina. Visión poco acertada, máxime cuando en esta época en La Habana se discuten las formas para lograr la tan anhelada paz, y que un colectivo de académicos que conformaron la Comisión Histórica del Conflicto, a quienes se les encomendó enunciar sus causas, no llegaron a un único origen. Se pone de manifiesto, entonces, que las conductas violentas colombianas tienen múltiples y complejas raíces. Por otro lado, una de las grandes consecuencias de este largo conflicto es que muchos de nuestros compatriotas perdieron la capacidad de asombro por los actos atroces.

En la actualidad el escarmiento público se ha canalizado a través de las redes sociales y se reviste de denuncia social. Sin embargo, no debemos desconocer que las llamadas “tendencias” de estas redes, en una sociedad cada vez más avorazada por el espectáculo, la diversión y el placer, no son un sinónimo de “conciencia social”.

Al equiparar el bochornoso “usted no sabe quién soy yo” con la atrocidad cometida contra un animal que, según el artículo 11 de la DUDA constituye un crimen contra la vida, se contribuye a la configuración de una sociedad enajenada, a la espera de la próxima noticia que más entretención genere, preocupada más los hechos que contengan un tinte de envilecimiento humano, y que se han hecho merecedoras de grandes espacios en los medios de comunicación.

A denunciar sí, pero de otra manera.

* Por: José Antonio Lozada Rincón

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