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QUÉ FALTA HACE QUE LA OPINIÓN pública tenga acceso a la deliberación de grandes temas de interés para la sociedad, como el que tuvo lugar en el marco del seminario sobre inclusión financiera y medios de pago, organizado por Asobancaria en Cartagena. Un tema en apariencia técnico y superespecializado, resultó no sólo de gran actualidad, sino muy atado a una variedad de problemas críticos que enfrenta nuestro país en varios órdenes.
El debate comenzó con una presentación del profesor Kenneth Rogoff, del Departamento de Economía de la Universidad de Harvard, quien planteó que todos los países del mundo terminarán por acabar el dinero en efectivo, es decir, los billetes. Los medios de pago electrónicos ya están haciendo los billetes redundantes y los harán mucho más en el futuro hasta el punto de que, simplemente, desaparecerán. No será un proceso que se dará en el inmediato futuro, ni estará exento de algunos costos, pero dados sus beneficios netos, el profesor Rogoff aconseja a las autoridades de los países tomar medidas para acelerar este desarrollo. Quizá el argumento más interesante del profesor es que, aun en los países tecnológicamente más avanzados, como los de Europa y los Estados Unidos, el efectivo se resiste a desaparecer porque, al no dejar traza, alimenta las actividades de la economía informal y de la criminalidad. Por estas razones, si los gobiernos quieren incrementar el recaudo tributario y atacar el crimen organizado, deben comenzar a tomar medidas para desestimular el uso del efectivo.
Cuando a estas ideas se las aterriza en Colombia, para nuestro infortunio, notamos que estamos haciendo muchas cosas al revés. Para comenzar, la participación del efectivo en la definición del dinero, el llamado M1, es de un 48%, cuando en un país como Chile es de tan solo un 19%. Esta altísima cifra es consistente con una economía informal muy grande, que abarca casi un 70 % de los trabajadores, la mitad de las empresas y, quizá, dos terceras partes de las viviendas y edificaciones.
Pero, infortunadamente, es también consistente y consecuente con el narcotráfico, el lavado de dinero, la minería ilegal, el contrabando de gasolina, la financiación ilícita de muchas campañas políticas y la compra de votos, entre otras actividades.
Y, tanto o más preocupante, varias políticas públicas, por supuesto sin proponérselo, están también catalizando el desarrollo de la informalidad y la criminalidad. La más evidente y nefasta de todas ellas es el llamado cuatro por mil, revivido por la última reforma tributaria, que estimula la demanda y el uso del efectivo para todo tipo de actividades.
Y, en contravía de lo que sucede en otros países, el Banco de la República acaba de anunciar que pronto saldrá el billete de cien mil pesos. Precisamente, el profesor Rogoff está recomendando a las autoridades hacer exactamente lo contrario y proceder a eliminar gradualmente los billetes de alta denominación.
Eliminar la informalidad y la criminalidad tomará no solo tiempo, sino muchas medidas en una gran cantidad de sectores. Pero debemos comenzar ya. O, si se quiere, no se haga nada. Pero lo que no se debe hacer es proceder con políticas que terminan estimulando esas actividades.