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‘El proceso’ de Nicolás

Después de un largo litigio que no termina, Nicolás Castro está a pocos días de ser exonerado.

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El Proceso, de Franz Kafka, que trata de un sujeto enjuiciado por razones que desconocía, fue el único libro por el que se interesó Nicolás Castro mientras duró su pesadilla en la cárcel. Durante su largo periplo judicial se dejó acompañar de la enigmática historia del oficinista Joseph K. Una historia parecida con final distinto, se diría. El joven, acusado de amenazar a un hijo del Presidente a través de la red social Facebook, ahora con detención domiciliaria y a escasos días de ser exonerado, admite que el relato kafkiano, paradójicamente, le dio tranquilidad a sus 127 noches en La Picota.

El júbilo llegó el jueves en la noche. A las 6 de la tarde guardias de Inpec le informaron que podía regresar a su casa: “Estaba hablando con unos compañeros del pasillo cuando me dijeron: ‘Nicolás, vamos para fuera’. Todo el mundo se alborotó, todos contentos, despidiéndose. Me prometieron que me meterían en la lista de los visitantes. Yo les dije que volvería”. A las 9 de la noche regresó a su hogar. Lo esperaban su familia, amigos y vecinos del conjunto La Petita, en Chía. Abrazos, lágrimas y mucho licor acompañaron la velada. Apenas pudo vencer el ‘guayabo’ del retorno a la 1 de la tarde de el viernes. Su gentileza le alcanzó para atender a los medios que aguardaban más palabras suyas.

Vegetariano por convicción hace más de cinco años, Nicolás cuenta que en la cárcel el menú alimenticio era bastante insípido, sin mayores sorpresas se repetían a diario la papa salada, el arroz de siempre y una pequeña –“muy pequeña”, dice– porción de carne. El hambre vence los idearios más profundos. En La Picota, verbigracia, aprendió a regañadientes a sacarle el gusto al sazonado bistec que le ofrecían una y otra vez tras las rejas. Dice Nicolás que “una comida preparada para mucha gente no es tan buena”, que suponía que así le cocinaban a los soldados, “es comida que a uno no le sienta bien al principio, yo casi ni pude comer lo que daban allí porque me sentaba mal”.

El 14 de julio de 2009 empezó su odisea. Investigadores de la Dijín allanaron su casa. Pronto su nombre trascendió a los medios como el creador de un particular grupo de Facebook, se mencionó entonces el nombre de Jerónimo Uribe como víctima; aparecieron correos y chats privados y las autoridades lo rotularon del lado de los criminales. Hasta agentes del FBI aportaron al expediente. El 2 de diciembre fue recluido en La Picota. Él insistía en su inocencia. Los primeros cinco días no durmió. Después el sueño empezó a vencerlo. Se fue acostumbrando a su camarote y a su compañero de celda, un ex policía que siempre proclamó su inocencia. Todos en prisión dicen serlo, cuenta. La mayoría de sus contertulios de  patio reclamaban injusticias en sus procesos.

Súbitamente cambia de tercio y reprocha las redes sociales que promueven la violencia. “He sabido que hay muchas personas que hacen amenazas por internet. No puedo estar de acuerdo. Si tenemos interés por la política, si tenemos una opinión, hay que proponer cosas constructivas”. Se refirió al episodio del escupitajo de un joven a Sergio Fajardo. El victimario está ad portas de una condena de siete años, según informan los medios regionales. El caso no tuvo la visibilidad mediática del de Nicolás, y aunque no lo dijo así, de todas maneras le parece un castigo exagerado en un país en el que matones desmovilizados apenas purgarán ocho años de prisión.

“Por más ofensivo que hubiera sido este muchacho, si en algo vale mi opinión, le diría a la víctima que ojalá trate de conciliar porque el encierro es terrible. Yo corrí la suerte de llegar a un patio donde están detenidos funcionarios públicos”. Nicolás habla con tono reflexivo. Casi flemático. Próximo a graduarse como artista plástico, en su cabeza rondan toda suerte de ideas de transformar en arte su experiencia tras las rejas. Y quiere evitar las sucesiones de injusticias que se repiten cada tanto o casi siempre. Aunque sus prioridades son menos pomposas: recuperar a su familia, visitar Armero –donde nació su madre–, pasear por ahí, perder el tiempo, su tiempo libre. Ah, y regresar a la parranda.

Hoy duerme en su cama. La cama que tanto anheló. Gracias a todos, repite.

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