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Fin del patriarca de los ‘paras’

Fue capturado Héctor José Buitrago Rodríguez, alias ‘El Tripas’.

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En inmediaciones de la represa del Neusa, Cundinamarca, cayó el patriarca del paramilitarismo en los Llanos. Fueron 30 años de crímenes continuos, horripilantes escenas de violencia que se sucedieron bajo sus órdenes y que heredaron sus hijos. Todas las formas de la guerra que desangraron a destiempos el Meta y el Casanare en el último cuarto de siglo. Con 71 años a sus espaldas, Héctor José Buitrago Rodríguez, conocido como El Tripas, vuelve por segunda vez a la cárcel. Entre 1996 y 1999 estuvo preso, pero se fugó y desde entonces se refugió en los alrededores de Monterrey, Casanare.

Su historia encierra los orígenes de las disputas a sangre y fuego por los Llanos Orientales. En la vereda Agua Linda del municipio de Tausa se produjo la detención de Buitrago Rodríguez, quien no opuso resistencia. En un principio mostró una cédula falsa, pero pronto reconoció su verdadero nombre. Se trataba ni más ni menos que del fundador de las Autodefensas Campesinas del Casanare (Acc), un sujeto sobre el cual existen 22 requerimientos de la justicia por cualquier cantidad de atrocidades o masacres. Fue un informante el que dio la primera pista. La Policía tardó cinco meses rastreándolo.

 Sin exageración se diría que El Tripas representa al paramilitarismo lo que Tirofijo a la guerrilla. De allí su importancia y el éxito de la Policía. Desde mediados de los años 80, cuando el país era un hervidero de asesinatos y barbarie desatada por el narcoterrorismo, el viejo Buitrago se alzó en armas, conformó ejércitos privados —algunos les decían Los Buitragueños, otros Los Macetos—, fue sumando apoyo en los ganaderos y terratenientes y sacó corriendo a las guerrillas. Hizo alianzas perversas, reclutó hombres a su paso, erigió una estructura de guerra y la hizo.

Sus hijos, Héctor Germán Buitrago Parada, alias Martín Llanos, y Nelson Orlando, alias Caballo, continuaron su saga siniestra. Dicen que son más sanguinarios. Con la guerra del Estado contra los carteles de Cali y Medellín, los pasos de las Acc pasaron desapercibidos. Tampoco en tiempos del presidente Ernesto Samper, cuando los medios se concentraron en revelar a cuentagotas el escandaloso proceso 8.000, tuvieron eco las acciones demenciales de Buitrago y sus hombres. Ya en la época de Andrés Pastrana y sus fallidos diálogos de paz con las Farc, las Acc empezaron a ocupar un lugar en el radar de las autoridades.

 Sin embargo, pese a algunas investigaciones insuficientes o la primera captura en 1996 de El Tripas, la justicia no pareció ocuparse de los ríos de sangre que fueron consumiendo el Llano. Hacia 1997 las autodefensas de Carlos Castaño buscaron alianza con las Acc. En julio de ese año se perpetró la masacre de Mapiripán, Meta. Cuarenta y nueve labriegos perecieron. Tres meses después una comisión judicial fue asesinada por Buitrago y su hijo Martín Llanos. La justicia los condenó a 40 años por la salvajada. Y por narcotráfico.

 Se documentó entonces que desde 1986 Buitrago se fue convirtiendo en un capo. Desertores de su organización lo acusaron de tener cristalizadoras de droga en la vía a Puerto López o complejos cocaleros en las costas del río Manacacías. Todo ‘narco’ tenía que pagarle un porcentaje por la seguridad que prestaban sus hombres. Entre Tauramena y Monterrey, Casanare, se asentó mientras sus hombres disputaban el poder en la región. A finales del año 2000, los ‘paras’ de la casa Castaño quisieron ocupar su zona. No lo lograron. Fue en 2002, cuando Miguel Arroyave les compró el Bloque Centauros a los Castaño, que estalló una guerra en la que cayeron más de 3.000 combatientes.

Las Acc y el Bloque Centauros se trenzaron en combates diarios. Don Mario contó que en un solo día, hombres del Centauros utilizaron hasta 100.000 tiros. Arroyave casi que los arrinconó. En octubre de 2004, lo que no pudieron las Acc lo materializaron los segundos de Arroyave: lo asesinaron. La alianza entre los narcos Cuchillo y El Loco Barrera fue la responsable. La muerte, sin embargo, no se apaciguó. Paralelamente, Martín Llanos decidió apartarse del proceso de paz de las autodefensas con el Gobierno. No aceptaron ir a prisión. Volvieron a la clandestinidad. “A mí me llevan con el cajón”, explicó entonces el viejo Buitrago.

Las guerras del Llano no dieron tregua. Las Acc continuaron su ruta criminal. Por Martín Llanos se ofrecen hasta $2.300 millones. La captura de su padre es un golpe al corazón de su organización. “La autoridad ha triunfado. El Estado no pierde la memoria. La Policía Nacional avanza sin claudicaciones para capturar y someter a la justicia a todos los delincuentes”, declaró el general Óscar Naranjo. Es el epílogo del viejo patriarca y gestor de la violencia en el oriente del país. Si confiesa lo que sabe, como en cascada, políticos, militares, policías y funcionarios que comulgaron con su causa caerían uno tras otro. Son muchas las verdades que le debe a Colombia. A diferencia de Tirofijo, Héctor José Buitrago Rodríguez no morirá de viejo sin haber pagado por todos los muertos de sus guerras fratricidas.

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