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Las parroquias de Barranquilla se pusieron de acuerdo para celebrar la primera novena navideña del año a las 6:00 p.m. de este domingo, al mismo tiempo en que el Júnior estaba disputando la final de la Liga Águila ante el Deportivo Independiente Medellín. Muy pocos llegaron a rezar a las iglesias, en su mayoría adultos mayores; sin embargo, algunos entraron con la camiseta del Júnior, esos que querían huir del sufrimiento y la incertidumbre por saber si la octava estrella sería una realidad. Oración a la Virgen María, a san José, los gozos, la oración al niño Jesús y un deseo final: el título para el equipo de la ciudad.
No solo las parroquias se vieron vacías a esa hora, también las vías en general. Algo que contrastaba con las aglomeraciones de gente en lugares como La Troja, la 84, la octava, la Plaza de la Paz y los alrededores del estadio Metropolitano, en el que se permitió el ingreso de público de manera gratuita para ver el partido en pantalla gigante. El 4-1 parecía una amplia ventaja, pero con el Júnior todo era posible y por eso la ansiedad, el miedo y las dudas. Mucho más teniendo en cuenta lo sucedido a mitad de semana, cuando se perdió el título de la Copa Sudamericana ante Paranaense de Brasil, luego de desperdiciar un penal a ocho minutos del final y tras perder la serie desde los lanzamientos de los 12 pasos.
James Bustillo es un taxista de 54 años que a pesar de ser hincha del equipo rojiblanco prefirió seguir con su jornada laboral, oír el juego por radio y no desaprovechar la opción de transportar a quienes les es indiferente el fútbol. Ha visto los ocho títulos del cuadro costeño y en todos ha optado por la estrategia de la indiferencia, de querer alejarse de la realidad para no sufrir. Por eso durante los 90 minutos de esta final hizo cuatro carreras. Eso sí, apenas terminó el juego prefirió ir a guardar el carro para evitar los trancones por la celebración, rezar la novena en familia y luego disfrutar con algunos amigos de la alegría por la vuelta olímpica que dieron los dirigidos por Julio Avelino Comesaña.
Comenzar perdiendo 2-0 fue un golpe anímico muy duro para los hinchas. “Ya uno se acostumbra a no ganar. Habíamos vivido frustraciones seguidas en los últimos años y por eso uno comienza a pensar ‘otra vez la misma vaina’”, confiesa Carlos Cabezas, un samario que vive en Barranquilla desde hace 18 años y ha hecho del Júnior su pasión. “Uno nunca abandona, soñando con que en algún momento lleguen los buenos momentos”, continúa. Y los gozosos han llegado. Sobre todo, después del descuento de Yony González, que llenó de tranquilidad no solo a sus compañeros en la cancha, sino a los miles de hinchas costeños.
El rojo y blanco pasó a ser el bicolor navideño, por encima del verde y rojo como es tradicional. El folclore del pueblo costeño salió a relucir. Curramba se prendió. “Tu papá, tu papá, tu papá”, repetían en coro al ritmo de los pitos. Espuma por todos lados, maicena, banderas, alegría. Un carnaval adelantado. Por fin llegaba la opción de celebrar un título de verdad, no supuestas victorias inexistentes que crearon en redes sociales algunos mal intencionados. Esta vez las caravanas de motos y carros transitaron por las principales vías de la ciudad. Algunas fueron hasta el aeropuerto Ernesto Cortissoz para recibir a los jugadores y escoltarlos hasta el estadio Metropolitano, adonde llegaron los futbolistas a entregarles el trofeo a sus hinchas y dar una vuelta olímpica simbólica.
La ciudad no durmió, la fiesta no tuvo fin. El amor por el equipo costeño es tal que, en plenos lunes, inicio de semana laboral, todavía muchas personas seguían en las calles con la camiseta del Júnior, esa que no se quitaron en la derrota y que mucho menos lo harán en la victoria. En los días que quedan de novena agradecerán por la octava, pedirán por la novena, la décima, los títulos internacionales y todos esos logros que buscan los grandes como el Júnior, un equipo de toda la costa, que seguirá de fiesta hasta que comience el carnaval de Barranquilla.