Publicidad

Dioses, azotes y subsuelos

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

/

Esculturas de la antigua Asiria, ocupantes de Mesopotamia entre 1813 a.c. y 609 a.c. han caído bajo el azote de ISIS, destrozadas entre el humo de la posmodernidad con ínfulas de Medioevo.

También las ruinas y los monumentos funerarios de la ciudad de Nínive, en las afueras de Mosul. Se sorprende la opinión internacional, pero no es sorpresa el acto que repiten reiteradamente las religiones fomentadas sobre los cadáveres memoriales de sus ideologías adversas. Lo habían hecho también en el 2001 los Talibanes en el Valle de Bamyán, derribando las estatuas de Buda. No es sorpresa lo que el mundo ha atestiguado siempre con los vestigios de las civilizaciones invadidas por el odio xenófobo de los soldados de Dioses caprichosos, por las estampidas de cólera geográfica de los cruzados políticos o místicos de todos los tiempos, o por los megalómanos que solo han admitido la historia a partir de su existencia, como el antiguo rey del estado chino Qin Shi Huang, quien ordenó la quema de todos los libros anteriores a él para que la única versión conocida en la posteridad estuviera fomentada con su nombre.

La destrucción de las imágenes consideradas paganas por los ejércitos invasores no es una novedad, lo curioso ahora solo es la pública emisión en vivo y en directo de una barbarie que los flashes y los brillos del tiempo en curso consideraban anacrónica. La memoria perpetuada en las imágenes de las culturas conscientes de su fugacidad resulta ofensiva para los reajustes de la ley de las civilizaciones móviles, e incómodas para todos los que de alguna manera intentan vivir sin comprender el significado de una historia ajena. Los monumentos o imágenes de un pasado remoto cada vez más aislado de la comprensión terminan generalmente en el polvo de la soledad de su discurso, por la simple y llana falta de contexto o por la antigua y conocida pulsión del odio a lo antagónico. Por eso es predecible el discurso salvaje del vocero yihadista en plena destrucción en el museo de Mosul «Musulmanes, los objetos que están detrás de mí son ídolos de pueblos anteriores al nuestro. Los asirios tenían dioses para la guerra, la lluvia y se aproximaban a ellos a través de ofrendas. (…) El profeta nos ordenó deshacernos de las estatuas y las reliquias» Ese profeta no es más que la ya manida estrategia argumentativa del desprecio, bautizada con el nombre de un Dios siempre acorde a la sed progresiva de la sangre.

Bajo esas mismas premisas y bajo una campaña milimétricamente orquestada desde lo publicitario a lo armamentístico, ISIS logra avanzar con sus shows mediáticos de venganza sagrada, convocando a los decepcionados y relegados del mundo a vincularse a un ejército que ha renacido de los focos últimos del tiempo. La posmodernidad, con su eclecticismo de sentidos múltiples y fracasados lo propicia. No es sorprendente por lo tanto que 3400 occidentales hayan optado por renunciar a la estafa de un proyecto vital sin recompensas, y se hayan inscrito en el proyecto de una cruzada en búsqueda de una pasión desmedida, aunque sea fatal.

Conoce más

 

Comentarios
Sin comentarios aún. Suscríbete e inicia la conversación

Inscríbete a nuestros newsletters

Lo bueno que es estar informado y de una manera diferente desde tu correo electrónico.

Selecciona los newsletters que quieres recibir
Al inscribirte, aceptas nuestros T y C y nuestra Política de privacidad.
Infórmate rápido