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Los otros

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Lo que pasa, señores, es que nos hablan de amor al prójimo, y por ese amor nos olvidamos de nosotros, un poco para cifrar nuestra vida, nuestros gustos e ilusiones, el bien y el mal y el tal vez, en el gusto, las ilusiones, el bien y el mal y el tal vez de los otros.

Ellos, los demás, decidieron por nosotros, de una u otra manera. Ellos, señores, determinaron y siguen determinando nuestros actos, nuestras elecciones, se inmiscuyen en lo que hacemos y cómo lo hacemos y con quién lo hacemos. Y escogimos un oficio, una forma de hablar y de vestirnos y de caminar y de amar de acuerdo con los otros, según los designios de los demás. Ellos dicen debes ser, debes hacer, y nosotros agachamos la cabeza y respondemos sí señor, y obedecemos, la mayoría de las veces contra nuestra propia voluntad, pero plenos de amor al prójimo.

Y lo que pasa, señores, es que nos impusieron ese amor al prójimo. Nos lo impusieron y nos obligaron a él con odio, vaya ironía. Con azotes y castigos, con el chantaje de un infierno, con el implacable señalamiento de la sociedad si nos atrevíamos a no obedecer, a no amar. Amar como mandato, amar como obligación. Amar, señores, para que todos nos sintamos más cómodos y seamos un ejército obediente de voluntades amaestradas que ama por decreto: la máscara del amor, y apuñalar nuestra pulsiones. Aplacar, como con electrochoques, la parte de nuestra condición humana que no ama al prójimo, o que lo ama con deseo, con odio, con las vísceras, y en fin, con ese lado que llamamos oscuro, pero que también es humano.

Lo que pasa, señores, es que el amor obligado sólo puede llevar al odio, y vivir según los demás es ser una marioneta de los demás, y desde esas marionetas surgen la intolerancia y el irrespeto. Vivir como marionetas es como no vivir. Es repetir y no pensar. Es obedecer y no crear. Es creer que sentimos, cuando en realidad actuamos sentimientos. Las imposiciones, señores, no nos llevan a convicciones, no nos pueden llevar ni a convicciones ni a libertad ni a autenticidad, nos llevan a eternos fundamentalismos, y a pensar, como Sartre, que el infierno son los otros.

Fernando Araújo Vélez

Por Fernando Araújo Vélez

De su paso por los diarios “La Prensa” y “El Tiempo”, El Espectador, del cual fue editor de Cultura y de El Magazín, y las revistas “Cromos” y “Calle 22”, aprendió a observar y a comprender lo que significan las letras para una sociedad y a inventar una forma distinta de difundirlas. fernando.araujo.velez@gmail.com
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