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‘De la guerrilla nos despedimos de mano’

Los policías y militares exsecuestrados dieron detalles de su tiempo en cautiverio. Se supo así que el jabalí que trajeron se llama Josefo, que duraron años encadenados unos a otros y que John Frank Pinchao era su héroe.

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“En el cautiverio hay cosas que ayudan a desestresarse, como las mascotas. Su nombre científico es pecarí, es un marrano salvaje y se llama Josefo. La guerrillera Margot me preguntó si yo lo quería y se quedó conmigo desde que tenía apenas unos días de nacido, cuando todavía tenía el ombligo por fuera. Tengo una cicatriz en la frente por intentar acariciarlo. ¡Es que son bravos esos animales, en manada pueden matar a una persona! Pero yo lo eduqué, tira a morder pero no aprieta. Se me hizo muy difícil traérmelo para la casa porque iban a empezar con ‘¡mire, se cagó el marrano!’. Se lo dejé a Alan Jara, un amigo muy preciado. Si lo ven díganle que se comunique conmigo que le tengo otras instrucciones y que me quedé con la cacerola donde se le sirve comida”.

Con ese desparpajo resolvió el sargento de la Policía José Libardo Forero el misterio del jabalí que apareció el lunes como un acompañante más del grupo de liberados. El auditorio que lo escuchaba, lleno de familiares suyos y de sus compañeros, otros policías y periodistas, dejó de lado la seriedad que el evento exigía y se echó a reir con la misma naturalidad con que Forero contaba su relato. Hablaba con la tranquilidad de quien le cuenta a su compañera de cama una pesadilla de la que acaba de despertar. De la que acaban de despertar todos, como lo confirmaron por enésima vez cuando el subdirector de la Policía, general José Roberto León, les confirmó que no soñaban: “Bienvenidos a la libertad. Ésta es la su casa, de la que nunca debieron haber salido”.

En dos puntos de la ciudad de Bogotá, policías y militares exsecuestrados por las Farc admitieron contar públicamente sus experiencias del cautiverio. El sargento mayor de la Policía César Augusto Lasso describió sus últimos 14 años en cuatro palabras: alegría, tristeza, llanto, incertidumbre. Poco antes de cumplir diez años en cautiverio, este uniformado se supo más que nunca un sobreviviente cuando, en septiembre de 2008, un rayo azotó el campamento en el que estaba y los dejó heridos a él, al ‘papá’ de Josefo y a los militares Luis Alfredo Moreno y Luis Alfonso Beltrán. El rayo mató a un guerrillero, pero no a los cautivos. “Y como ven, nos recuperamos”, apuntó Lasso Monsalve.

La rueda de prensa de los policías abrió con una lluvia de aplausos. La de los militares fue sobria y silenciosa, atendida por los médicos que los están tratando y por personal del Hospital Militar. El intendente Jorge Trujillo Solarte, el primero en entrar, apareció alzando las manos como lo haría una estrella de rock. Los miembros del Ejército parecían más bien aturdidos por todo lo ocurrido en tan poco tiempo. Lo poco que alcanzaron a contar, sin embargo, seguía siendo impactante. “Estuvimos encadenados largos ocho años por parejas las 24 horas del día. En ocasiones encadenados de los pies, años diría; y en ocasiones encadenados de las manos también”, relató Luis Arturo Arcia, a quien el cautiverio lo privó de darle el último adiós a su madre adoptiva.

Sólo ahora Colombia conoce que los cuatro militares que acaban de recuperar su libertad estuvieron apenas a 500 metros de ser libres el 16 de junio de 2010, tres días después de que fuerzas especiales ejecutaran la ‘Operación Camaleón’ y les arrebataran a los guerrilleros a cuatro cautivos, entre ellos el general Luis Herlindo Mendieta. El sargento del Ejército Róbinson Salcedo explicó que ese día, a medio kilómetro del campamento donde se encontraban, guerrilleros y uniformados entraron en combate. La orden del comandante subversivo fue sacarlos del área. “Ahí se evitó el rescate —señaló Salcedo Guarín—. O que nos hubieran asesinado”.

Los escapes, como era de esperarse, eran una puerta que cada uno de ellos quería abrir. Jorge Trujillo Solarte y José Libardo Forero lo intentaron. Con una luciérnaga en un vaso de agua iluminándolos, miraron su artesanal brújula y se adentraron en el monte. Estuvieron un mes a merced de la madre naturaleza hasta que, subiendo por el río Guaviare, en vez de dar con las lanchas de la Armada como esperaban, dieron de nuevo con sus captores. “El día que ellos se fugaron fue el más tensionante para mí. El comandante guerrillero de turno reaccionó y nos echó a todos al piso, nos gritaban que nos iban a fusilar por cómplices”, aseveró el intendente Jorge Romero. Por eso, como dijo Lasso mientras todos asentían con la cabeza, John Frank Pinchao se convirtió en un héroe colectivo en los cambuches de la selva.

A sus carceleros los recuerdan afectados por tantos jaques. “Los golpes duros a las Farc han cambiado las políticas de guerra”, expresó el sargento del Ejército Luis Alfonso Beltrán Franco. “Entre ellos se dan moral, porque los golpes los han hecho tomar decisiones diferentes a su ideología. Creo que las Farc pueden llegar a sentarse en un proceso de paz”, aseguró su compañero Luis Alfredo Moreno. El intendente de la Policía Carlos José Duarte, en un breve ejemplo, describió el panorama general: “Antes durábamos ocho, diez meses, hasta dos años en un mismo campamento. Hoy no duran más de dos días”. Y, con cautela, agregó: “Al empezar nuestro cautiverio sin duda era una guerrilla fuerte. Hoy está debilitada, con problemas. Pero no está derrotada”.

Los exsecuestrados y sus familias aún dejan ver que la ansiedad los acompaña permanentemente. Por cuestiones de organización los familiares de los militares no pudieron acompañarlos en la rueda de prensa, mientras que los de los policías estaban sentados a su lado, haciéndoles señas con la mano de que todo estaba bien. Se les ve en calma mientras relatan la vida que dejaron atrás en la manigua, pero son conscientes de que allá eran, en palabras del intendente Carlos José Duarte, ratones al cuidado de un gato. Cada día en el encierro se sintieron en peligro, y la sensación aumentaba cuando las Fuerzas Militares hacían operaciones o bombardeaban cerca de los cambuches guerrilleros. Pero esquivaron rayos, cadenas y otras mil tormentas para estar hoy donde están, añadiendo a su anecdotario que de sus centinelas se despidieron con un apretón de manos. Y adiós.

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