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Tres años atrás, un equipo de investigadores (con el apoyo de Maloka y el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, PNUD) se dio a la tarea de buscar iniciativas comunitarias o institucionales que equilibraran el uso del medio ambiente y la supervivencia social. Encontraron 200 proyectos; tiempo después, seleccionaron 25 que ahora hacen parte del “1er catálogo de innovaciones para el desarrollo humano sostenible”, una geografía detallada de cómo las comunidades se enfrentan a retos de seguridad alimentaria, cambio climático y uso de energías alternativas.
El catálogo, dividido en cuatro secciones, es un recorrido por una serie de proyectos implementados en varias regiones de Colombia. Hay, entre muchos otros, un colectivo que busca educar a niños y adultos sobre la importancia de los humedales; otro más que capacita a los habitantes de la Costa Pacífica para que prevengan y controlen la malaria; otro más que reúne a las comunidades mineras de Tadó y Condoto, en el Chocó, para que cumplan con prácticas amigables con el medio ambiente.
Bruno Moro, representante del PNUD en Colombia, dice que la idea es “visibilizar” los proyectos y, si es posible, replicarlos en otras zonas. “Estas innovaciones ofrecen soluciones a problemas cotidianos y tienen una gran capacidad creativa”.
En todo el país hay grupos que trabajan para subsistir y tener recursos y, al mismo tiempo, permitir que el medio ambiente continúe su ciclo natural. Más de 300 familias en Sumapaz y un grupo de mujeres cabeza de familia en Palmira son ejemplo de ello.
Sembrar más que papa
La situación alimentaria en Sumapaz, cuenta Andrea Moya, era crónica. No conseguían fácilmente la comida; había que ir a la Bogotá urbana para encontrarla. Los niños tenían índices altos de desnutrición. Así, en 2001, el Hospital Nazareth, el único que atiende en la zona, inició un proyecto de seguridad alimentaria para que las familias tuvieran mayores fuentes de proteína y produjeran su propia comida en huertas caseras.
“El programa pretendía mover los indicadores de nutrición y utilizar la quina y el curí, que son grandes fuentes de proteínas”, dice Moya, una de las coordinadoras del proyecto. Además del seguimiento a las familias, les enseñaron todo lo necesario para que en sus propias casas pudieran sembrar y recoger alimentos y preparar fertilizantes adecuados. Sembrar y recoger más que papa: hortalizas, frutales, plantas medicinales.
Sin embargo, parte de la comunidad pidió más cobertura, que más familias tuvieran la oportunidad de entrar en el programa. Entonces, con recursos del hospital y la Secretaría Distrital de Salud, compraron una finca y abrieron el parque temático Chaquen. Construido sobre pendientes altas, el parque está compuesto por un establo, un invernadero, una terraza para siembra de hortalizas y otro campo dedicado a la siembra de plantas medicinales. Cerca de 3.800 personas han visitado el parque para replicar esas prácticas en sus hogares.
El proyecto alimentario finalizó en 2010. El parque temático, en la fría Sumapaz, continúa recibiendo familias.
Una finca sostenible
Luego de la Constituyente de 1991, un grupo de mujeres creó un partido político que luego obtuvo pocos votos. Sus integrantes, entonces, quedaron con poco que hacer. Había que ganar dinero de algún modo. Se reunieron en una asociación y comenzaron a hacer papel a mano. Vendían tarjetas. Así, dice Ángela Cuevas de Dolmetsch, directora del proyecto, se sostuvieron un tiempo.
Eran mujeres cabezas de familia y también querían vivir mejor, no en un cuarto alquilado. Entonces nació “Nashira, un canto de amor”. Con la ayuda de la alcaldía, a mediados de los noventa obtuvieron algunos recursos. Pero el alcalde se fue a la cárcel y todo quedó a medias. La siguiente alcaldía también las apoyó. Pero el alcalde, como su antecesor, se fue a la cárcel y todo quedó a medias.
Finalmente, Cuevas consiguió un lote en Palmira que, con dineros de varias fuentes, compró en $150 millones. Allá, luego de fundar hogar, iniciaron distintos cursos: uno para manejar residuos orgánicos, otro para residuos sólidos, uno más para construir huertos. En el lugar también construyeron un restaurante solar que, como indica su nombre, utiliza la energía solar para preparar alimentos.
Pero las mujeres no tenían aún dónde vivir. Consiguieron, dice Cuevas, un subsidio para vivienda; las mujeres erigieron sus casas, pusieron los ladrillos, transportaron la arena y el cemento.
Las casas no tienen rejas. Es un terreno común. Todas siembran, todas recogen. Las mujeres, ahora sí, tienen dónde vivir.