
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Convertida por los occidentales en la imagen más difundida de Japón, la ola espumosa enmarcando el monte Fuji compite con la italiana Mona Lisa de Leonardo da Vinci o El grito del noruego Edvard Munch, como emblema archiconocido de un país. La llaman La gran ola de Kanagawa y fue creada en 1831 por Katsushika Hokusai, artista del Tokio antiguo cuyos grabados, como los de todos sus contemporáneos, se reproducían como si fueran cromos de cereales y se vendían al precio de un tazón de ramen con doble ración de fideos. (Recomendamos más columnas de Gonzalo Robledo sobre Japón).
Como tantas cosas japonesas, su atractivo deriva de su estilizada simplicidad. La enorme ola azul con cresta blanca enmarca una montaña que, por estar distante y nevada, repite los colores de la ola.
Casi imperceptibles, tres grupos de diminutos personajes viajan agazapados en sendas barcas cuyo destino suele ser objeto de apuestas.
Los optimistas les auguran un viaje mojado y sacudido pero feliz. Los pesimistas ven la última instantánea de unos desdichados pescadores a punto de ser tragados por el mar. Forma parte de una serie titulada “Las 36 vistas del monte Fuji” y aunque es admirada como epítome de lo nipón, La gran ola es en realidad un híbrido cultural.
Hokusai usó tintas de color azul Prusia importadas, suponemos, vía Nagasaki, el único puerto abierto al mundo durante el prolongado cierre de fronteras impuesto por el gobierno militar de la era Edo (1603-1868).
Su composición usa la perspectiva europea. El monte Fuji se ve empequeñecido por la distancia y, siguiendo las normas cromáticas del Renacimiento, entre más lejos se hace más azul.
La gran ola pertenece al género de las llamadas “imágenes del mundo flotante” (ukiyoe en japonés), grabados que, dada su condición original de bagatelas de papel y lo mórbido de su textura, se usaban para envolver porcelanas enviadas a Europa por los comerciantes.
Al ver aquellos grabados, Vincent van Gogh tuvo una epifanía que contagió a otros pintores impresionistas en forma de fiebre por las líneas de precisión caligráfica, los colores planos y las formas simplificadas. Aquella apropiación cultural se llamó “Japonismo” y el arte occidental no volvió a ser el mismo desde entonces.
La casa de subastas Christie´s cobró en marzo pasado 2,8 millones de dólares por un grabado certificado de La gran ola semejante a los expuestos en museos de Londres, Nueva York, París y Tokio.
La gran ola figura, para regocijo de funcionarios de inmigración de todo el mundo, en las páginas del pasaporte japonés.
Poner sellos de entrada y salida sobre La gran ola invita a reflexionar sobre el ciclo histórico de una imagen que, pese a ser perenne, se niega a abandonar sus orígenes mundanos.
* Periodista y documentalista colombiano radicado en Japón.