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Salvo la prensa china, casi nadie habla por estos días de la capacidad de coordinación y previsión de la organización, ni de su receptividad para asimilar experiencias de Juegos anteriores, ni siquiera de los deslumbrantes escenarios.
Todo aquello que iba a convertir los Juegos de Beijing en los mejores de la historia ha quedado de lado porque los críticos de China y su régimen se han puesto a trabajar para hacer oír su voz y tratar de desnudar ante el mundo entero lo que consideran las miserias de este particular sistema comunista.
El enquistado conflicto que China mantiene con el Tíbet desde que ocupó la región militarmente en 1951 se ha reverdecido esta semana con manifestaciones independentistas, reprimidas por el ejército chino con gases lacrimógenos, pero que se saldaron con la detención de cien personas.
El ejército ha acordonado los tres mayores monasterios de Lhasa, capital del Tíbet, y según Radio Free Asia dos monjes budistas se encuentran en estado crítico tras intentar suicidarse, acontecimientos que no hacen sino alimentar el discurso de las organizaciones internacionales pro derechos humanos.
Paralelamente, y aunque China lo negó ayer a la agencia de noticias EFE, diferentes informaciones aseguran que el gigante asiático ha prohibido los ascensos al Everest hasta el próximo 10 de mayo, cuando se supone que la antorcha olímpica habrá coronado el pico más alto del mundo, y le ha pedido al Gobierno de Nepal que haga lo mismo por su vertiente sur.
Este paso ha sido interpretado por los analistas como una decisión estratégica para impedir posibles reivindicaciones independentistas y pro derechos humanos, susceptibles de dar al traste con la simbólica ascensión de la antorcha, que será retransmitida a las televisiones de todo el planeta.
China ve en el caudal de críticas que recibe un intento "condenado al fracaso", dijo esta semana el ministro de Relaciones Exteriores, Yang Jiechi, de grupos que quieren "empañar la imagen de China", pero que "sólo empañarán su propia imagen".
Pero la polémica no cesa. Al igual que en el Tíbet, existen en la región noroccidental de Xinjiang grupos de la minoría uigur, de origen turcomano y religión musulmana, que aspiran a la independencia. El pasado 27 de enero dos personas murieron y otras quince resultaron heridas en lo que, según dijo esta semana el secretario general del Partido Comunista en Xinjiang, Wang Lequan, fue una redada contra un presunto grupo terrorista que planeaba un atentado contra los Juegos de Beijing.
La activista uigur Rebiya Kadeer, candidata al Premio Nobel de la Paz y exiliada en Estados Unidos, ha acusado a China de inventar complots terroristas contra las justas para reprimir aún más a su comunidad, una denuncia que ya han repetido los grupos pro derechos humanos en los últimos años.
Estas polémicas se suman a la que mantuvieron el año pasado Beijing y Taipei, después de que Taiwán se negase a que la antorcha olímpica pasase por su territorio al considerar que el recorrido elaborado por Beijing daba a entender que Taiwán era parte de China.
Entretanto, la renuncia del famoso cineasta Steven Spielberg como colaborador artístico de la ceremonia de apertura de los Juegos por su desacuerdo con la política que China mantiene en Darfur no ha hecho sino sumar voces críticas. Por ejemplo la del actor George Clooney, imagen de Omega, uno de los doce patrocinadores oficiales de los Juegos Olímpicos, que está utilizando su influencia para que la marca de relojes presione a Beijing para que cambie su política en Sudán.
Así las cosas, lo mejor que le podría pasar hoy a Beijing es inaugurar cuanto antes el Estadio Olímpico, su proyecto estrella para la cita deportiva, pero el último informe anual de Human Rights Watch, publicado esta semana, tampoco favorece los intereses de la capital china. Según el documento, los obreros que trabajan en las instalaciones olímpicas son "habitualmente explotados, no tienen salarios dignos y trabajan en condiciones peligrosas, sin seguros de accidentes ni acceso a servicios médicos o sociales".
Beijing insiste en que la politización de los Juegos contradice el espíritu de la Carta Olímpica y sus críticos contraatacan recordándole la promesa que hizo en Moscú en 2001, cuando se ganó el privilegio de organizar los Juegos, de mejorar su situación de derechos humanos.
Como si fuera poco, en los últimos días, Beijing ha tenido que soportar la renuncia a participar en los Juegos del plusmarquista mundial de maratón, el etíope Haile Gebrselassie, quien se queja de la excesiva contaminación en la ciudad; Además el Comité Olímpico Británico decidió encargar máscaras para sus atletas y muchos otros muchos comités olímpicos nacionales anunciaron que se concentrarán lejos de Beijing por la misa causa.
Si a esto se suma el anuncio del Comité Olímpico Estadounidense de que viajará a China provisto de sus propios carnes porque no se fía de la seguridad alimentaria, se entiende que hoy nadie hable de las fabulosas bondades de los estadios olímpicos ni de la organización, ni de todo aquello que habrá de convertir los Juegos de Beijing en los mejores de la historia.