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La crisis diplomática

Colombia tiene un caso poderoso para sustentar en el mundo sobre su dramática realidad interna. La operación de la Fuerza Pública al amanecer del sábado pasado fue impecable desde el punto de vista militar. Un asalto meticulosamente dispuesto al campamento de Raúl Reyes que resultó en el golpe más certero de la historia contra las Farc -casi igualado con la caída ayer de Iván Ríos, también miembro de Secretariado-.

08 de marzo de 2008 – 04:36 p. m.

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Una muy exitosa acción que sin embargo careció del acompañamiento diplomático necesario para que semejante éxito no se convirtiera en una de las crisis de relaciones exteriores más graves de nuestra historia.

No cabe duda de que el tamaño del objetivo alcanzado supera con creces los riesgos asumidos. Tanto más en cuanto las revelaciones iniciales de los computadores de las Farc indican que haber informado previamente del operativo al gobierno del Ecuador lo habría podido frustrar y que la compleja alianza del gobierno venezolano con las Farc ya no es una simple sospecha sino una aterradora realidad.

Por supuesto que se pueden señalar fallas en el manejo de la situación para que la crisis, que se podía prever sería grave, pero manejable, no terminara en la catástrofe diplomática que ha resultado. Ya mucho se ha hablado de la tímida excusa de cinco segundos del Canciller seguida por horas y días del Director de la Policía Nacional obrando como fiscal de un juicio imaginario contra el gobierno ecuatoriano. Pero quedarse en lo que pudo hacerse mejor, en nada sirve ahora para enderezar el camino.

Lo que la dimensión de la crisis exige es unidad nacional frente a los ataques desde el exterior. Porque si algo bueno han dejado estos días difíciles, ha sido la exposición ante el mundo del nivel de maridaje del gobierno venezolano y al menos parte del ecuatoriano con las Farc y la dimensión de esa alianza contra el Estado colombiano. Ante lo cual el país debe perseverar, sin duda, y hacerse respetar, como lo hicieron ante la OEA nuestro embajador esta semana y el presidente Uribe en su intervención de ayer.

A muchos causó sorpresa la poca solidaridad inicial que recibió el país ante el éxito militar contra quienes han cometido atrocidades sin nombre contra sus ciudadanos. Lo cual indica que el trabajo de nuestra diplomacia en estos años no ha sido suficiente para lograr llevar de manera convincente la tragedia que vivimos y generar las solidaridades que la misma merece.

Colombia es un país respetable en el escenario internacional. Ese respeto ha sido ganado por el indeclinable apego tradicional a los principios y las normas del derecho internacional. Fue su compromiso con el orden emergente en la posguerra lo que llevó a la participación en la guerra de Corea bajo la bandera de las Naciones Unidas; lo que, con riesgo de aislamiento, lo llevó a no aceptar la convocatoria al TIAR cuando el régimen militar argentino inició la Guerra de las Malvinas y lo que en su momento también le llevó a liderar el proceso de Contadora para buscar la paz en Centroamérica durante los ochenta. Esa es una tradición que debe rescatarse.

Colombia tiene un caso poderoso para sustentar en el mundo sobre su dramática realidad interna y también sobre la deslealtad de sus vecinos. Es hora de diseñar una verdadera estrategia de política exterior del nivel que requieren las circunstancias. No para acabar con “el lenguaje alambicado de la Cancillería”, según las palabras del presidente Uribe sino para acudir de manera profesional a los discretos mecanismos diplomáticos que el mundo civilizado ha diseñado para tramitar sus diferencias, incluso aquellas tan difíciles de manejar como la que han enfrentado a Colombia con algunos de sus vecinos más preciados.

Por fortuna, ayer el tropicalismo también jugó su partida en la Cumbre de Río para aliviar tensiones y retirar de la mesa algunos despropósitos. Válido, pero eso no quiere decir que el trabajo diplomático formal se pueda seguir aplazando.

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