Millonarios vs. Santa Fe: una mirada al clásico capitalino en 1949

Desde los primeros años de profesionalismo, el fútbol se convirtió en una pasión. Este editorial de El Espectador muestra el revuelo que generaba el deporte en el país.

Germán Antón y Pedro Cabillón, jugadores de Independiente Santa Fe y Millonarios, respectivamente. Ilustración El Espectador.
Germán Antón y Pedro Cabillón, jugadores de Independiente Santa Fe y Millonarios, respectivamente. Ilustración El Espectador.

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El fútbol es ya una nueva fase de la vida colombiana, de la bogotana principalmente. Es un hecho social y como tal debemos estudiarlo. La prensa así lo ha comprendido y es por eso que El Espectador no podía ser indiferente al máximo acontecimiento por ahora posible en nuestro país en lo relacionado con este deporte: el encuentro del equipo Independiente Santa Fe, campeón profesional de 1948, y los Millonarios, su adversario tradicional.

Representan a los dos grandes equipos, autorizados por ellos, en nuestra ilustración, dos de sus más calificadas figuras: Germán Antón, del Santa Fe, y Pedro Cabillón, de Millonarios. La popularidad de que merecidamente gozan estos dos excelentes jugadores, que son dos caballeros a carta cabal y dos amigos sin tacha, es el mejor título para se los identifique con sus respectivos clubes. Sus nombres han sido muchas veces sinónimo de triunfo y cuando en los estadios de todo el país se alza el grito de «Antón» o de «Cabillón», en el oído del espectador suena el tañido del inconfundible metal del gol.

Decía que el fútbol es un hecho social y que debemos considerarlo por todos sus aspectos. Por uno, sobre todo: es necesario que el interés inicial, un poco vago e indeciso, que se ha transformado en arraigada costumbre, en pasión ardiente, si se quiere, no se deforme y corrompa al trocarse en fanatismo. Al fin y al cabo, en la predilección por un equipo son valores extraños y difícilmente definibles los que cuentan. Hay un complejo de fenómenos sentimentales y algo de intuición, de quién sabe qué fuerza, que es lo que decide. Tenemos derecho al alborozo en el triunfo, pero no a acibarar más la adversidad ajena. Si lo único que puede compartirse es el goce, nada más natural que respetar por lo menos la congoja del afligido y no acrecentarla con impertinencias que sólo puede aconsejar el mal gusto.

Hoy, en la limpia mañana dominical, pequeñas gotas de gentes que irán formando primero delgados arroyos caprichosos y luego gruesas y apretadas corrientes, van a tomar el rumbo del estadio. Han esperado durante mucho tiempo esta fecha y ahora al verla llegar, parecen más largos los minutos que los días. Es difícil desmontar el complicado mecanismo de las emociones que se han acumulado durante todo el tiempo de preparación del encuentro de los dos grandes rivales, pero nos basta saber que los once y los once van a encontrarse frente a frente en medio de la corona de voces que los celebra y los exalta.

Espectáculo colmado de fuerza y de gracia, dinámico ejercicio del músculo y de la inteligencia, plástico alarde corporal, es de sobra explicable que el fútbol se apodere totalmente, con avasallante rigor, del cálido entusiasmo de las muchedumbres. No hace excepciones entre el varón cuyo ancho cuello se convierte en tubo de clarín para que mejor templado salga el bronco grito broncíneo, y el chiquillo que ingenuamente salta como el balón en el campo, y aquella muchacha que al levantar el brazo proyecta sobre el cielo la dulce curva del hemisferio pectoral bajo el cual se aposenta el corazón que gobierna la elaboración de los elixires vitales que en su sangre se han estado acendrando y que estallan en la muda explosión de la sonrisa, blanquirroja flor de cal y sangre salpicada de ambrosiacos rocíos salivares.

Por la tarde, bajo la dorada ceniza del crepúsculo, la gran masa se deshará en menudas gotas de gentes que retornarán a sus casas con más o menos júbilo en el ánimo, pero que de seguro habrán asistido hoy a un partido no inferior a sus esperanzas.

Entre tanto, en el estadio abandonado, sobre el cual se dan cita la primera estrella de la noche y la última golondrina del día, despertaran los ecos de las palabras más pronunciadas en estas horas y que durante tantas han golpeado la imaginación de los bogotanos:

– ¡Millonarios…!

– ¡Santa Fe…!

 

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