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«No somos Supermán»

Todd Howland asegura que la ONU no ha traicionado su mandato de “facilitar el cambio”.

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No completaba su primera semana en Colombia cuando el suroccidente del país fue blanco de atentados guerrilleros. Todd Howland, el nuevo representante de la oficina de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos en Colombia, admite que llegó a un país bastante complejo, pero cree que desde su oficina podrá cumplir el mandato de la ONU: facilitar cambios. Con más de 18 años en esta organización, el jurista estadounidense ha acumulado una experiencia como observador de agudos conflictos tan vasta, que asegura, sin titubear, que ya no hay guerras por ideologías.

¿Qué impresión se llevó en su primera semana en Colombia?

A todo el mundo le dije que Colombia era muy complicada; ahora lo veo yo mismo. Es una lástima que esta guerra esté durando tanto tiempo, la población colombiana está sufriendo demasiado.

¿Qué le aporta al país contar con la ONU?

El desafío siempre es el mismo: cuando hay conflicto y desigualdad, ¿cómo podemos facilitar un cambio positivo? Es importante, además, entender los cambios que van sucediendo, como los atentados de la semana pasada, para replantear nuestras metodologías y maximizar nuestro impacto.

De los conflictos que ha conocido, ¿qué tanta injerencia encontró en el narcotráfico?

Haría más bien la similitud con el tráfico ilícito de minerales en la República Democrática del Congo. Este celular y esta grabadora que usted utiliza tienen de esos minerales. Las compañías están preocupadas, pero el problema es que todas los usan. Es bien difícil para nosotros, porque vemos la conexión entre el mercado internacional y los conflictos que violan los derechos.

¿Por qué no condenar este tipo de hechos más abiertamente?

Las empresas pueden desempeñar un rol positivo o no, depende de su responsabilidad social. Uno puede también juzgar a esos países, pero la verdad es que si no hay trabajo u oportunidades, hay más posibilidades de que la gente se involucre en los conflictos. Con el narcotráfico pasa algo similar.

El Congo, como Colombia, lleva décadas desangrándose con un conflicto interno. ¿Tenemos solución?

La República Democrática del Congo muestra una de las tendencias más complejas en los conflictos armados actuales: no hay más ideología, están basados es en el dinero y se involucran fuerzas rebeldes, autoridades nacionales y de otros países. Para este nuevo tipo de conflicto no hay respuesta fácil. Ellos no están interesados en tomarse el poder y todos nuestros mecanismos están diseñados para responder ante una fuerza que quiere tomárselo. Lo importante ahora es cómo replanteamos nuestro trabajo, porque nuestros esquemas ya no funcionan.

Un debate común en estos tiempos es el de seguridad vs. derechos humanos, del que Colombia no escapa.

Claro que tiene que haber seguridad, pero, ¿qué es? Acceso a la educación, al trabajo digno, eso también es seguridad. Tenemos que definirlo claramente. En Japón uno puede dejar su maleta en el aeropuerto, volver dos días después y va a estar ahí, esa es su cultura. El problema es que pensamos resolver prontamente un asunto que necesita más tiempo y una inversión muy grande.

Su primera misión fue Etiopía. ¿Qué lecciones le quedaron?

Es uno de los países más pobres del mundo, pero como no fueron colonizados mantienen tienen un espíritu muy fuerte, su cultura está muy viva: la música, la danza. Fue difícil porque yo estaba ahí para facilitar el enjuiciamiento de varios exmiembros del gobierno. Ellos querían reconstruirse, pero querían también enjuiciar a todos y eso no funciona en un país como ese, que no tiene las capacidades.

¿Qué tal fue trabajar en Ruanda justo después del genocidio?

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De todo lo que vi en África, fue Ruanda lo que más me impresionó. Tremendo, tremendo. Estaba encargado de varios proyectos con el gobierno para identificar las fosas comunes y para crear una respuesta legal al genocidio. Ellos tenían a más de 100 mil personas detenidas, pero casi no tenían información de los hechos, ni siquiera los nombres de los detenidos. Fue un desastre desde el punto de vista legal, porque tenían un sistema quebrado, más de un millón de personas masacradas y una infraestructura casi completamente destruida.

¿Qué aprendió en Ruanda?

La habilidad de ver las cosas desde otra perspectiva. Fue un desafío muy grande para ellos. Algunas personas que fueron responsables de estas masacres también fueron víctimas. Para ellos el dilema final fue: “Tenemos que entendernos o vamos a crear más adversidad”.

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La ONU se creó con la idea de reducir los conflictos en el mundo, pero desde entonces parecen haber aumentado.

No es tanto el fracaso de Naciones Unidas, es más un indicador de que los conflictos están beneficiando a varias personas. Y que la prevención de conflictos es muy difícil de medir.

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¿Pero funciona todavía la ONU?

Las Naciones Unidas son como cualquier organización: si no hay vocación no pasa nada. Sí creo que la ONU es muy transparente. Pero nos toca ser más modestos, en realidad somos muy pequeños y no se puede hacer tanto. Para lograr impacto tenemos que enfocar y a veces decir no, pero en las Naciones Unidas es muy difícil porque todo el mundo tiene el traje de Supermán.

¿Qué es lo más deficiente de la cooperación internacional?

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Hay un gran turismo de desastre en nuestras culturas. En Ruanda vi cómo cada día llegaba otra delegación de otro país o de otra institución internacional para ayudar, que terminaba repitiendo el trabajo de quienes ya estaban ahí. Para nosotros fue una vergüenza.

Usted ha visto violencia en exceso. ¿Se siente aturdido?

Es difícil trabajar en sociedades tan desiguales, con tanta guerra, muertos, violaciones sexuales. Nuestro papel es intentar mejorarlo, pero si no estamos mejorando nada es porque somos parte del problema. Es nuestro rol, pero no somos Supermán. Estamos para facilitar el cambio. En algunos países funciona mejor que en otros según el interés o escepticismo de la población.

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¿Qué tanto se necesita de la sociedad civil para salir de los conflictos?

Que los gobiernos se involucren es muy importante, pero que la población lo haga es más importante aún. Que haya organizaciones civiles empujando es clave. Si la gente no está informada de sus derechos y no tiene espacios para utilizarlos, pueden tener a Gandhi como presidente y el cambio no llegará.

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