Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Serge Latouche —hoy un hombre de barba blanca con remanentes oscuros aquí y allá, economista y profesor emérito de la Universidad París Sud 11— fue a Laos en 1966 o 1967. Hasta ese momento Latouche pensaba en la economía mundial como un mecanismo de desarrollo constante, donde todas las piezas unidas buscaban el progreso. Sin embargo, lo que encontró en Laos lo obligó a modificar su perspectiva.
Allí conoció una sociedad por fuera de la inmensa rueda del progreso y el desarrollo, que no estaba ni del lado socialista ni del lado capitalista. Era una sociedad que plantaba arroz glutinoso y pensaba en el modo de alimentar y hacer crecer sus cultivos. Que vivía de la naturaleza y la respetaba. De eso trataba su vida. “Un país fuera del tiempo —dijo Latouche en entrevista con la revista española Papeles— donde la gente era feliz, todo lo feliz que puede ser un pueblo”.
Pero el economista francés sabía que, tarde o temprano, por efecto de los avances tecnológicos y la carrera imparable de las industrias, dicha sociedad quedaría envuelta en los modos de vida occidentales: industrializar, producir, consumir.
Por esa razón, pensó que sería necesario plantear una teoría contra el desarrollo tal como hoy lo ven los economistas más ortodoxos. Latouche —autor, entre otros, de La occidentalización del mundo (1989) y del Pequeño tratado del decrecimiento sereno (2007)— siguió estudiando y acudiendo a nuevos textos, y en 2001 logró reunir a 700 personas en la Unesco para proponer una idea que unos años atrás quizá habría pasado desapercibida: que la sociedad consuma menos y lleve una vida más sobria, más tranquila, tomando en cuenta la producción, pero sobre todo tomando muy en serio los asuntos básicos de la existencia.
Y fue entonces que su teoría —junto con las observaciones anteriores de otros economistas como Nicolás Georgescu— tomó un nombre: el decrecimiento.
¿Qué es el decrecimiento?
“Ya es hora de deshacernos de la obsesión por la velocidad y de partir a la reconquista del tiempo y, por lo tanto, de nuestras vidas —asegura Latouche—. ¡El hundimiento se acerca peligrosamente, por lo que ha llegado el momento del decrecimiento!”.
Latouche espeta sus afirmaciones apocalípticas de modo suave, sin levantar demasiado la voz, aunque con una sonrisa a medias. Así explica de qué se trata el decrecimiento, un lema “provocador”.
Decrecer no es, dice, permitir que el mundo se destruya, decaiga y desaparezca. El hombre de barba entrecana parte de una base: el mundo tiene recursos limitados. Decrecer es aceptar que la economía tiene unas fronteras bien dibujadas —por ejemplo, el fin del petróleo— y que la sociedad debe fijarse más en el bienestar de sus individuos que en la acumulación de bienes. En hablar más con sus hermanos y compartir más con su familia que en comprar un iPod que sólo durará un par de años. Tener más no es símbolo de felicidad, afirma Latouche. Decrecer es, concluye, volver a una vida sencilla en equilibrio con la naturaleza.
La barbarie
Dos años después de la reunión en la Unesco, Latouche publicó un artículo en el periódico francés Le Monde diplomatique, titulado Pour une société de décroissance (“Por una sociedad del decrecimiento”), donde explica en detalle los principios de su filosofía. “Una sociedad de crecimiento —escribe— está dominada por una economía de crecimiento y se deja absorber. El crecimiento por el crecimiento se convierte en el objetivo primordial, si no el único, de la vida. Una sociedad así no es sostenible, porque se enfrenta a los límites de la biosfera”.
Fue también en 2003 que él y otros estudiosos crearon la Red de Objetores del Crecimiento por un Postdesarollo (Rocade, por sus siglas en francés). De ese mismo modo nació el Instituto de Estudios Económicos y Sociales por el Decrecimiento Sostenible (IEESDS), que insiste en la necesidad de aplicar esta teoría.
Así, afirma Latouche, es necesario revivir otras dimensiones de la vida. “Recuperar una relación sana con el tiempo consiste sencillamente en volver a aprender a vivir en el mundo —afirmó en Papeles—. Conduce, por lo tanto, a liberarse de la adicción al trabajo para volver a disfrutar de la lentitud, redescubrir los sabores vitales relacionados con la tierra, la proximidad y el prójimo”.
Latouche dice que si no hay una sociedad del decrecimiento sólo habrá barbarie. No hay más camino. El capitalismo, asegura, no terminará cuando se agoten las industrias y decaigan los bancos y la economía, porque todos seguirán buscando una solución a partir del capitalismo. Debe haber un cambio de fondo.
De continuar así, afirma el economista, para 2050 la Tierra no resistirá la demanda de los seres humanos. Contrario a Steven Pinker, psicólogo experimental y autor de La tabla rasa, quien piensa que el mundo de hoy es mucho mejor que el de ayer, Latouche asegura que el mundo de mañana, a la velocidad “esquizofrénica” con que se lanza por la conquista del progreso, será un desastre.
Crear una nueva sociedad
Aun así, la sociedad del decrecimiento no desdeña el desarrollo. Lo acepta siempre y cuando conviva con la naturaleza y la utilice de modo organizado, sin dominarla ni acabarla. La idea no es dejar de producir, dice, sino que la producción no sea el valor único que se extienda por el mundo.
“Nuestros gobiernos —asegura Latouche en la página web Integral— están cerca de la esquizofrenia porque saben perfectamente que el sistema camina hacia el colapso. El síntoma más evidente es el cambio climático, pero también la extinción acelerada de especies, la propagación de enfermedades relacionadas con la contaminación y el declive que a la larga comportará el fin del petróleo”.
¿Qué habría que hacer, entonces, si la sociedad quiere convertirse al decrecimiento? El decrecimiento, con Latouche a la cabeza, propone el plan de las “ocho erres”: revaluar, reconceptualizar, reestructurar, relocalizar, redistribuir, reducir, reutilizar y reciclar. “El ser humano debe encontrar otro sentido —dice al portal español Ecologistas en acción—, de tal forma que camine en armonía con la naturaleza, a la que pertenece”.
Políticos y periodistas han criticado los planteamientos de los partidarios del decrecimiento, acusándolos de ir en contra del curso normal de la sociedad. El presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, aseguró en 2010 que la “ideología” del decrecimiento “quiere mantener a los pobres en la pobreza”.
Los afiliados al decrecimiento, por su parte, plantean varios escenarios. La página del IEESDS afirma que buscan que el trabajo sea de calidad, igualitario. Anotan que el decrecimiento no es bolchevique ni fascista, y que supera cualquier color político. Incluso proponen que sólo existan ambulancias y carros de bomberos, pues el acceso a los vehículos particulares, a causa del costo energético, es insostenible.
Latouche también hace algunas propuestas: dar trabajo a todo el mundo, trabajar menos tiempo a diario, tomar yogurt de la vaca del vecino, eliminar la televisión. Advierte, eso sí, que el cambio será lento y que “queda mucho por hacer”. Que el decrecimiento permitirá equilibrar la brecha entre ricos y pobres. Que es un proyecto ecológico y socialista. Que cada país deberá ver cómo se adapta al cambio, cómo equilibra su consumo, cómo aprovecha su propia naturaleza sin aniquilarla. “Espero —dice— que sea la revolución del siglo XXI”.