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Una de las figuras más famosas de los medios en EE.UU. es el cómico Bill Maher, que cada semana, en su célebre programa de televisión, dialoga con un grupo de invitados acerca de los temas más candentes de la actualidad. Y uno de los temas que más afloran en sus debates es, como él la define, la colección de sandeces que es la religión del islam.
Maher venía atacando las ideas centrales de esa doctrina hacía rato, pero el asunto se volvió explosivo el pasado 3 de octubre, cuando invitó al famoso ateo Sam Harris para hablar sobre su último libro, y en el otro lado de la mesa estaban el columnista del New York Times Nicholas Kristof y el actor Ben Affleck. Cuando Harris definió el islam como “el gran filón de malas ideas” (“the mother lode of bad ideas”), se armó una trifulca que aún continúa. Y ahora, el pasado 9 de enero, luego de la masacre en París de 12 periodistas de la revista Charlie Hebdo, Maher invitó al novelista Salman Rushdie y volvió al ataque, haciendo un recuento de los mayores atentados terroristas llevados a cabo por el yihadismo, y opinó, nuevamente, que el islam es un conjunto de malas ideas. Incluso resaltó algunas de las peores, como la noción de que las mujeres son seres de segunda categoría, y la guerra santa en nombre de Alá.
Sin embargo, Maher no ha entendido un hecho crucial: eso mismo se puede decir de cualquier religión. Todas contienen una mezcla de ideas buenas y malas, de imágenes hermosas y espeluznantes, de propuestas nobles y atroces. Ese rasgo no es exclusivo del islam. Es más: parte de la popularidad de las religiones es que abarcan una riqueza de ideas, creencias, mandatos y sugerencias, de modo que cualquiera puede tomar los elementos que más le seducen. En ese sentido, el islam no es diferente de otras doctrinas, y Maher debería saber que ése, además, no es el punto central del debate.
Porque el otro aspecto que Maher no ha captado es que el rasgo más cautivante del islam, al igual que de cualquier otro conjunto de creencias espirituales, no es sólo su riqueza sino el hecho de que una religión es, por naturaleza, maleable. Reza Aslan, en el New York Times, señaló que ése es el gran atractivo de una religión: el hecho de que se puede amoldar a los intereses de cualquier grupo o individuo. Por eso alguien puede leer los textos más sagrados del catolicismo y concluir que hay que matar al blasfemo, como lo ordena la Biblia (Levítico 24:16), o concluir que se debe amar al prójimo. La Inquisición, las Cruzadas, las muchas veces que el papa bendijo ejércitos (como anotó Borges), fueron actos violentos justificados por los jerarcas de la Iglesia con base en su doctrina. A la vez, se puede leer el Corán y concluir que la libertad de expresión es un peligro que se debe combatir a bala, como hicieron los terroristas en París, o concluir que esa libertad se debe proteger hasta con la vida, como lo hizo Ahmed Merabet, el soldado musulmán que murió defendiendo la revista.
Es la riqueza de toda religión, y su carácter maleable, lo que se usa para hacer el bien o el mal, para construir escuelas o destruirlas. Pero lo que incita a hacer lo uno o lo otro depende, más bien, de las circunstancias sociales de la persona. Cuando Maher entienda esa idea esencial, quizás cambiará su discurso frente a las creencias del islam.