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Dijo Boris Johnson, primer ministro del Reino Unido, que “no podemos ahora intentar censurar nuestro pasado”. Se refería a la revisión de estatuas y placas que 130 ayuntamientos ordenaron en ese país, después de que manifestantes antirracistas echaran al agua una estatua del reconocido esclavista Edward Colston, en Bristol. Tanto allá como en Estados Unidos se han visto vandalizaciones a monumentos dedicados a esclavistas y personajes polémicos, como Cristóbal Colón. En respuesta, el escándalo ha sido mayor. Donald Trump, haciendo gala de su sutileza habitual, escribió en su cuenta de Twitter, todo en mayúsculas, que “quien no conoce su historia está condenado a repetirla”. ¿Desde cuándo los monumentos de exaltación son la única forma de recordar eventos trágicos y horribles del pasado?
Siguiendo con su argumento, Johnson dijo que “no podemos hacer como si la historia hubiera sido diferente. Las estatuas fueron erigidas en nuestras ciudades por pasadas generaciones con diferentes perspectivas. Esas estatuas nos enseñan sobre nuestro pasado”. Se trata de una defensa entendible de la propiedad pública que existe, pero en todo caso parece una manera muy limitada e inadecuada de entender la relación que las sociedades tienen con la memoria.
Hay distintos tipos de monumentos históricos. Los que están en cuestión tienen una naturaleza particular: son exaltaciones, homenajes que pretenden reconocer los aportes de ciertos personajes. El problema es que se trata de obras creadas en el marco de tensiones sociales y que buscan enviar mensajes problemáticos. Por ejemplo, en todo el sur estadounidense hay monumentos a militares que lucharon en la guerra civil defendiendo la esclavitud y el “derecho” de los blancos a tener propiedad sobre las personas afroamericanas. En ese sentido, las estatuas no tienen el propósito de causar reflexiones sobre una época histórica especial, sino enviar el mensaje inequívoco de que los allí exaltados tenían la razón y eran motivo de orgullo. ¿Cómo se supone que tienen que sentirse los ciudadanos de descendencia afro que viven en esas ciudades y ven que los símbolos de orgullo regional son de quienes, si hubiesen triunfado, los tendrían esclavizados?
Colombia tiene conocimientos para aportarle a ese debate. Hace poco ocurrió algo similar con la demolición del edificio Mónaco. La estructura se había convertido en un espacio de rito y homenaje a Pablo Escobar, uno de los criminales que más daño le han causado a nuestro país. Tras su demolición, en su lugar hay un parque dedicado a las víctimas, un espacio de encuentro y reflexión. Algo similar ha ocurrido en Alemania, en sus esfuerzos de reconstrucción después de la Segunda Guerra Mundial. Nadie puede acusar a los alemanes de querer borrar el pasado. Al contrario, han aprendido a cuestionarlo, repensarlo y crear espacios de perdón y reconciliación. ¿No es esa una mejor manera de recordar nuestra historia? ¿Tenemos que estar condenados a evitar las posturas críticas solo por respeto a los monumentos creados en generaciones pasadas?
Lo peligroso de estos debates es que esconden mensajes subliminales. Cuando Donald Trump, por ejemplo, defiende las estatuas de los esclavistas, no está hablando únicamente de la obra de arte, ni su preocupación es la memoria. Siempre que discutimos sobre el pasado, estamos haciendo comentarios sobre el presente, tomando decisiones políticas y sociales. En medio de marchas multitudinarias que piden igualdad racial y que los abusos policiales no sigan quedando en la impunidad, la defensa de las estatuas es una aprobación velada de lo que representan, de la exaltación a las ideas caducas de los militares del sur estadounidense. La memoria debe estar viva, por eso los monumentos siempre tienen que estar abiertos a ser repensados. Cerrar la conversación es condenarnos a silenciar las voces que, por fin, están pudiendo expresar su descontento.
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