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El Centro Democrático ahora es centrífugo.
Los militantes férreos de su cruzada de acero contra el fin del conflicto se van, uno a uno, prófugos de la justicia alegando una excusa patética por falta de garantías. La indignación es entendible: perdieron el control sobre todos los poderes que existían unificados en el reino del Señor omnisciente y plenipotenciario, perdieron los aplausos adictivos y el dominio de lo permitido y de lo censurable. Por eso ahora no lo pueden creer, no es admisible que sean ellos ahora los súbditos del mando y que tengan que verse en la penosa tarea pública de rendir explicaciones y detalles a una Justicia que estaba arrodillada a sus pies, volátil y endeble. Es inaudito que tengan ahora que verse en la ignominia de atravesar los pasillos de la fiscalía para explicar las estrategias del arribismo y los métodos oscuros de un fin con todos los medios justificados en esa ética readaptada de los pacificadores de fusil.
No hay garantías, por su puesto, porque la única opción para los próceres del Uribismo es la razón aceptada en un coro de monaguillos pasmados, y en ningún caso la contradicción, la sospecha o los reproches. Por eso se van, pero lo hacen justo en el límite del vértigo de sus rabos de paja prendidos sobre ese incendio de pagos oscuros y espionajes que ya no pueden desviar aunque el pretexto de un montaje los escude en esa pose de víctimas cándidas. Se van cuando saben que todos los argumentos pérfidos de sus defensas están incluso contra ellos.
Oscar Iván Zuluaga, investigado por las nuevas evidencias que afloran los jardines del terror desde el partido de acero, ha empezado a repetir la frase clave que solían usar sus colegas antes de perderse en el mundo y despistar los rastros de la justicia: «Estamos pasando por una coyuntura que agudiza la persecución política”, “no hay garantías ni confianza”. Olvida Zuluaga que las pruebas cada vez le contradicen su tesis y su paranoia, y olvida que las garantías y la confianza se fortalecen en un Estado de Derecho cuando sus propios funcionarios admiten y obedecen los procesos internos de la ley. Pero el ex candidato continúa indignado…»Le pido a Dios que Colombia no caiga en la criminalización de la oposición”. Olvida que en el tiempo en que ocupaban el poder sus íntimos copartidarios, fue el mismo tiempo en que la oposición tuvo la marca de satán en la frente por negarse a aceptar sus políticas de fuego y sangre, y que en ningún gobierno anterior, con semejantes niveles de desfachatez y delirio, el periodismo crítico fue estigmatizado con el mismo sello del terrorismo.
Perdieron el poder, perdieron la aureola y la vibración hipnótica del mesianismo pero no la desvergüenza. Siguen sin entender que también ellos, políticos rasos ahora y ciudadanos inscritos en el Estado de Derecho que no alcanzaron a derribar por cuestiones de tiempo, pueden ser llamados por la Justicia cuando se requieran, pueden ser cuestionados en público en el orden natural de los Estados Democráticos, y en el mismo orden de la coherencia que tanto insisten en reclamar, deberían aceptar los hechos y los excesos que cometieron en la era de su efervescencia, cuando se creían varones.