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Hablando un día con un campeón de ajedrez, Boris Spasski, le oí esta declaración. Le pregunté si tenía un compañero de entrenamiento. “No tengo necesidad, me respondió, juego contra mí mismo”. Vladimir Dimitrijevic.
Si se pudiera doblar una cancha de fútbol tendríamos la imagen de un espejo, es decir, igualdad de dimensiones por todas partes, bueno, suponiendo que es una cancha con las medidas reglamentarias.
El mismo ejercicio se puede hacer con el cuento Continuidad de los parques, de Julio Cortázar. Es un cuento que, si se dobla en dos partes, queda como una cancha de fútbol doblada, es decir, se pierden las dimensiones entre la realidad y la ficción, desaparecen las fronteras entre el mundo de la vida y el mundo de la imaginación. Cuando se alude al tema de la identidad aparece el del doble y los ejemplos abundan en la literatura: el mundo de las sombras, el de los espejos, los simulacros, las dobles entidades, la otredad, el otro en uno. En el fútbol sucede lo mismo: jugar siempre será jugar contra uno mismo, contra lo que quiero ser y hacer, a pesar del otro. Una partida de ajedrez tiene los mismos componentes: doblar la caja para comenzar el juego: aparecen las estrategias para “matar al rey”, hay que hacer jaque mate.
En el fútbol acaece algo similar: el mate al rey es el gol al adversario. Quedar en tablas es quedar empatados. El doble en la filosofía tiene sus inicios en el mito de la caverna de Platón; también allí se difuminan y confunden las sombras con la realidad. La pregunta por el yo tiene sus orígenes en la pregunta por mi doble y algunas respuestas aparecen en Los elíxires del diablo, un cuento de Hoffmann, en el que un yo se apodera del yo del monje Medardo y que sirve de inspiración para las teorías de Freud y Jung sobre la identidad y la personalidad. Cuando se juega fútbol se siente que hay un doble que juega mejor que nosotros, que está en todas partes. Por ello en un estadio iluminado se ven los trotes de los jugadores pero no hay 23 sino 46 sujetos que juegan, aparece la sombra y, a veces, cada sombra deja ver cuatro yoes. El horla, de Maupassant, y La sombra, de Andersen, aluden a esa sensación de doblez que nos pone a pensar en la posibilidad de que estemos en otro lugar. A esa sensación de doblez Deleuze la llama “el pliegue”, y en el fútbol el pliegue es la condición de que haya comunión entre el pie, el balón y la cancha: pura doblez doble. Por eso mismo se hace necesario cambiar de arco en el segundo tiempo, pues ese es el sentido literario de un autogol: en el arco en el que se hacen goles en el primer tiempo, en el segundo hay que defenderlos: puro pliegue y despliegue literario. ¿Por qué no se juegan los dos tiempos en el mismo lado? ¿A quién se le ocurrió la idea de cambiar de cancha en el intermedio del partido? Hay gran doblez en lo humano, por eso es menester jugar contra uno mismo.