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Hay una gran pereza en la indignación. Pretender que es la primera vez que en las sabanas de Sucre o Córdoba se descuartiza a un caballo vivo, sólo porque por primera vez hay celulares con cámara y acceso a Youtube en las profundidades del valle del Zenú, es negarse de arranque a entender a esa otra Colombia.
Un país olvidado de fiestas de arena y fincas ganaderas, de reinados incorrectos y niños barrigones. Un país de contrastes profundos entre las ciudades del resto de Colombia que sí han sido partícipes más completas de la vida urbana de carne empacada en bandejitas con plástico y animales domésticos de concentrados orgánicos.
Esa pereza de la indignación es peligrosa. Reacciona a los vistazos fugaces de crueldad cotidiana del campo con ira automática y llamados a la venganza judicial. Desde su normalidad convierte en patológico lo que escapa a su mundo conocido, y con afán frenético se contenta con unos segundos de video para luego pisotear todo el contexto de lo que se ve, sin duda, como una escena bárbara.
Los bárbaros eran para los griegos todos aquellos que no hablaran su idioma; persas, egipcios, germanos. La raíz de la palabra es onomatopéyica: bar bar, así sonaban esas lenguas raras, un bla bla bla incomprensible.
En nuestro caso declarar barbáricos a coterráneos que hablan el mismo idioma, ciudadanos bajo las mismas leyes, es más complicado. Por un lado, porque en el centro se practica, en las corridas de toros, un ritual de muerte más ordenado y adornado, pero en el fondo muy similar al de la corraleja en su crueldad hacia los animales. Entonces las explosiones de indignación dejan de ser un rechazo honesto y de principio a la crueldad animal, y quedan reducidas a disgustos estéticos por el ambiente chabacano y pobre en el que tienen lugar.
Además, está la sensación de que ese juicio radical de rechazo que sale del centro del país —de estos medios de comunicación que interpretan sus apetitos— no hace ningún esfuerzo por entender el porqué de esa crueldad extrema hacia los animales. Los animalistas más vocales, que se han ganado un espacio importante y valioso en la escena pública, tienen el problema de que suelen tener más compasión por el animal que por el humano.
En el video de Bellavista, Sucre, ven a un torturador y una horda asesina, donde más parece haber un carnicero y una aglomeración de jóvenes esperando un pedazo de carne de caballo regalado. En la corraleja se fijan en el sufrimiento de las vacas y los caballos, y no en la tradición feudal de jornaleros pagados por un hacendado borracho para ser carne de pincho de toro.
Entre estos dos países se necesita más diálogo y menos indignación. La periferia no tiene medios para expresar su voz, pero no me extrañaría que ante los reclamos escandalizados que les gritan desde las ciudades “crueles, asesinos, enfermos, desalmados”, en Bellavista oyen solo “bar bar bar bar”, mientras siguen descuartizando animales vivos.