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Pastrana y Uribe, rajados en coherencia política

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Si los expresidentes Pastrana y Uribe tuvieran que presentar un examen de coherencia política en relación con el proceso de La Habana, no cabe duda de que se rajarían.

Su papel de torpederos de las negociaciones del Gobierno con las Farc contradice los intentos que cada uno hizo en su momento, y a su manera, con el mismo propósito: poner fin al conflicto armado.

Pastrana desmilitarizó 42 mil kilómetros para negociar con las Farc sin pedir nada a cambio, zona que aprovechó la guerrilla para planear ataques, esconder secuestrados, ampliar los cultivos de coca…, mientras la guerra seguía en el resto del país. Y la agenda era tan ambiciosa, que incluía desde la revisión de la estructura económica y social, los tratados internacionales y la forma de explotación de los recursos naturales, hasta la reforma del Estado y de la justicia, pasando por la redistribución de la tierra, las políticas de distribución del ingreso y la deuda externa. La Constitución bajo discusión. No obstante, Pastrana se rasga ahora las vestiduras por el proceso de La Habana, pues considera que todo lo acordado ha sido a favor de las Farc.

Uribe, por su parte, no sólo hizo contactos con el Eln, grupo con el que adelantó ocho rondas de conversaciones en busca de un acuerdo de paz, sino que intentó acercamientos con las Farc durante sus dos mandatos, por medio de diferentes emisarios —incluidos miembros de la Iglesia—, y hasta llegó a hacerles generosos ofrecimientos: zona de despeje de 800 kilómetros, cese bilateral del fuego, no extradición, participación política y Constituyente. Sin embargo, para el ahora senador, la negociación en Cuba no es nada más que la capitulación y la entrega del gobierno Santos a las Farc, y además sostiene que allí se negocia la impunidad para los guerrilleros incursos en delitos de lesa humanidad. Olvida que fue precisamente eso lo que su gobierno buscó sin éxito con el proyecto de ley de alternatividad penal, concebido en función de la negociación con los paramilitares, pero modificado luego por el Congreso y la Corte Constitucional.

Con estos antecedentes y dada su condición de exjefes de Estado, muchos esperábamos de los dos exmandatarios una actitud distinta, una posición más razonable y políticamente responsable frente al proceso de paz. Nunca unas conversaciones con las Farc habían llegado tan lejos. Por primera vez, las víctimas son protagonistas; por primera vez, el problema de las drogas ilícitas está en la agenda y las Farc reconocen sus vínculos con el narcotráfico, y por primera vez aceptan discutir la “dejación de las armas”.

Sin embargo, la animadversión y las diferencias personales de Pastrana y Uribe con el presidente Santos son tan fuertes, que les impiden reconocer algo positivo, contribuir con su experiencia y las lecciones aprendidas, e incluso capitalizar sus propios logros, esos que hicieron posible que el actual Gobierno abriera una negociación formal: Pastrana, el fortalecimiento de las FF.MM., y Uribe, el repliegue y debilitamiento de las Farc. Prefirieron el ataque y la descalificación. Y no es, ni mucho menos, que de ellos se pretenda la incondicionalidad, pues las críticas son útiles y necesarias. El problema es que la mayoría de las que hacen parten de supuestos falsos o de asuntos que dan como hechos cumplidos cuando apenas están en discusión. Es como si allí donde fracasaron, no quisieran que Santos pueda tener éxito.

No cabe duda de que si hay un terreno donde se revelan con más facilidad las miserias humanas, ese es la política, donde brotan como maleza los celos, el odio, el orgullo, la deslealtad, la incoherencia, la falta de grandeza, la mezquindad…

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