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Agosto, septiembre. Los tripulantes —seis hombres— dejaron de recibir las llamadas de costumbre; sus familias gozaban de sus vacaciones. Los experimentos científicos, después de casi un año y medio habitando el módulo del proyecto Mars 500 en Moscú, carecían de novedad. La comida que antes sabía delicioso se había agotado y la dieta ordinaria no los satisfacía.
Entonces se acercaron a su destino. Octubre. Jamás se alejaron de la Tierra un ápice. Sin embargo, hicieron lo que haría cualquier nave espacial: despegar, aterrizar. También hicieron lo que haría cualquier astronauta: caminar sobre la arena parda marciana, recoger muestras de arena.
El propósito de la misión Mars 500 era simular las condiciones de Marte y poner a prueba a dos ingenieros de la Agencia Espacial Europea (ESA, por sus siglas en inglés): Romain Charles —francés, 31 años, lector y buceador— y Diego Urbina —colombo-italiano, 28 años, aficionado al dibujo—, llamados a sus filas, en compañía de un astronauta chino en entrenamiento y dos médicos y un ingeniero rusos, para conocer el comportamiento y las dificultades de un viaje real a Marte.
520 días lejos de casa
El primer período de alejamiento, en 2009, duró 105 días. Luego los tripulantes iniciaron su entrenamiento en febrero de 2010. El 3 de junio de ese año, rozagantes, sonriendo y vestidos con trajes azules, entraron a la cámara, compuesta por dos cuartos que simulaban el transporte y la entrada a Marte.
Pero el mundo ya no fue el mismo. “Con mis compañeros de tripulación nos embarcamos en un viaje largo e inmóvil”, escribió Romain en su diario. La dieta semanal se convirtió en la misma de un astronauta, la comunicación entre ellos era escasa, el centro de control demoraba 20 minutos en responder, como en un viaje real. Tenían, a pesar de ello, computadores, películas y juegos, y escribían a menudo a sus familias por correo electrónico.
Así completaron 520 días. Allí, todos celebraron uno de sus cumpleaños . “Los cumpleaños —anotó Urbina en su diario—, aquellas órbitas completas alrededor del Sol, son particularmente agradables ”. El 13 de octubre de 2011, Urbina, como si en realidad estuviera fuera de la Tierra, escribía que serían necesarios más artistas en Marte, para convertir aquella experiencia en un objeto “con alma”: un poema, una pintura.
Tocaron tierra, ahora, pese a que nunca se fueron. La conclusión del viaje para Urbina ya era clara un mes atrás: “Ahora que llegamos al final, estoy convencido de que esto no fue un viaje al cosmos, sino un viaje hacia nosotros mismos”.