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Rumbear de la mano de la falsificación

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LOS JÓVENES DEL MUNDO QUIEren divertirse; y tienen razón pues la juventud es definitivamente la mejor etapa para hacerlo. Los colombianos, y especialmente los bogotanos, lo quieren hacer desde temprana edad e inician su vida social con sus compañeros de colegio hacia los 12 años.

El problema radica en que al iniciarse en estas lides a temprana edad, los jóvenes empiezan a frecuentar lugares públicos, como discotecas o bares, en donde hay expendio de licores. En teoría estos sitios no pueden permitir el ingreso de menores porque éstos no pueden tomar, con lo cual no pueden divertirse, bailar o conversar porque estas actividades, que en principio son sanas, están asociadas al consumo de alcohol. Ante tal circunstancia, muchos optan por recurrir al uso de documentos de identificación falsificados, echando mano de una mafia que adultera el documento temporal que entrega la Registraduría mientras se expide la cédula de ciudadanía, las llamadas contraseñas.

Esta práctica se hace en muchas ocasiones a escondidas de los padres, pero es también cada vez más frecuente que éstos estén enterados; algunos cohonestan abiertamente esta conducta y otros se hacen los de la vista gorda. Que nadie se engañe: si los muchachos salen y van a discotecas es porque están en posesión de un ID falso.

La Policía y la Alcaldesa de Chapinero han sido abanderados en el control de los establecimientos públicos, los cuales son sellados si se encuentran en ellos menores; y a los que son atrapados in fraganti nunca les encuentran el documento falso, por lo que son llevados al CAI más cercano mientras sus padres los recogen, cuando se enteran.

Lo cierto de esta situación es que todo funciona al revés: está mal que el mensaje a los jóvenes consista en venderles la idea de que la diversión siempre está asociada al consumo de alcohol; está mal que no haya sitios a los que se pueda ir a divertirse sin que le vendan trago a los muchachos; está mal que los padres no ataquen el problema de fondo y que se hagan los bobos con el tema; está mal que los jóvenes estén promoviendo la falsificación de documentos; está mal que algunos establecimientos aprovechen la situación a sabiendas de lo que pasa y de sus obligaciones legales, en fin, todo está mal.

Habría que empezar por admitir que la diversión no debe estar asociada al consumo de sustancias, creando espacios nuevos o habilitando los existentes y controlando en debida forma a aquellos sobre los cuales pesa la prohibición legal: los establecimientos tienen el deber de no vender trago a los menores, no de no permitirles bailar o divertirse. Los muchachos deben ser menos facilistas y, a su vez, deberían ejercer menos presión sobre los demás, pues ello se convierte en un círculo tortuoso y vicioso. Simultáneamente tenemos padres permisivos, familias fragmentadas que lo permiten todo y no están pendientes de sus hijos; baste recordar una famosa campaña cuya referencia era “¿Sabe usted donde están sus hijos en este momento?”. Y, por último, debería aplicarse con rigor la ley en el sentido de que los padres asuman la responsabilidad por las acciones y omisiones de sus hijos menores, arrogándose ellos la responsabilidad que les compete puesto que el menor no es sujeto de derechos ni de obligaciones.

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