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La pasada Nochebuena, Freddy y Harly no despertaron con la emoción de un juguete al costado de la cama o al pie del árbol navideño, ni invadieron cada rincón de la casa, los parques y las calles con el ruido y variedad de regalos que con desespero estuvieron pidiendo todo el año. Despertaron sin haber cenado, se pusieron la vieja y raída ropa que les regalaron de tiempo atrás, sin zapatos, alistaron sus instrumentos de trabajo y recorrieron cuantas aceras, vías y restaurantes de Tierralta (Córdoba) hay, para lustrar zapatos y “hacer lo del día”. Un ritual que han repetido los últimos cuatro años.
Son hijos de la guerra. Una secuela más de los vejámenes de los paramilitares, quienes durante años, mientras desataban su barbarie y teñían de sangre las exuberantes sabanas cordobesas, preñaban aquí y allá a las menores de edad de Tierralta. Son ellos apenas una pequeña evidencia del desamparo que fueron regando los hombres de Salvatore Mancuso, una muestra de las 10 mil familias desplazadas que durante los últimos siete años han llegado a los 53 barrios de este municipio cordobés. Hijos, en últimas, de hombres entrenados para aplicar justicia por mano propia y que terminaron condenados a purgar el mismo destino de muchos a quienes mutilaron y torturaron sin piedad alguna.
Estos dos menores de edad, a sus 11 y 12 años, respectivamente, forman parte de ese ejército de niños que mañana y tarde recorre las calles de Tierralta, a una hora de Santa Fe de Ralito, escenario en donde se desarrollaron durante tres años los diálogos de paz entre el Gobierno Nacional y los máximos jefes paramilitares —hoy la mayoría en cárceles de Estados Unidos— para lograr la desmovilización. Freddy y Harly, como muchos menores del lugar, trabajan rebuscándose el dinero que escasea en la casa. Es la única forma de sostener los gastos del hogar y costear las necesidades de sus hermanos más pequeños. Para ellos la Navidad es una palabra ajena.
María Bernarda Restrepo, trabajadora social de la Corporación para el Desarrollo Comunitario Sostenible, dice que un censo realizado por esta ONG arrojó que en Tierralta había 600 niños trabajadores de la calle, en edades entre 9 y 17 años. El 23% son niñas que ayudan en oficios domésticos, cuidan a otros niños y se encargan de hacer mandados, y el 77% restante, varones que embolan zapatos, lavan motos o reciclan metales. Datos de esta organización sostienen que la situación de los infantes constituye una bomba social. El último reconteo de menores que laboran en el otrora próspero municipio cordobés estima que la cifra podría rondar los 1.300.
Un registro que evidencia una aguda crisis social, si se tiene en cuenta que el DANE contabiliza que de los 86.506 habitantes en Tierralta, 29.631 son estudiantes menores de edad, donde crece también el porcentaje de niñas embarazadas, según cuenta Toño Madera, locutor de la emisora comunitaria Sergio Restrepo. “En el casco urbano estamos secuestrados, nos han vuelto indiferentes e insensibles, si matan a alguien en la esquina ni volteamos y nuestros niños están creciendo sin presente ni futuro porque nada se hace por ellos, así veamos lo que pasa. Sabemos del aumento de menores embarazadas porque los profesores y coordinadores nos cuentan, pero eso aquí no importa, es normal”.
Freddy y Harly, si les va bien, hacen entre $12 mil y $15 mil diarios. En tiempos más virulentos apenas se echan al bolsillo $3.000. Cobran $1.000 por lustrada, pero tienen que soportar el desprecio, los insultos o el maltrato de una población en donde se confunden desmovilizados con gente que aún sigue en los enredos de la guerra, personas que nada tienen que ver con el conflicto y miles de antioqueños que han llegado con sus comercios. Freddy no tiene papá y nunca más lo vio desde que abandonó a su madre. Harly sí: es mototaxista y lo obliga a trabajar y a darle todo el dinero que se gana caminando descalzo bajo el inclemente sol de 39 grados de la sabana cordobesa.
La psicóloga Giovanna Moscarela, de la Corporación para el Desarrollo Comunitario Sostenible, trabaja en la protección de los niños desde hace dos años. En períodos de seis meses atiende en su ONG a 50 menores de la calle, pero una vez se cumple el tiempo, los niños, los hijos de la guerra, vuelven al asfalto al rebusque. “Cuando los encontramos ellos sienten vergüenza, pero comentan que son los mayores de la casa y que tienen que seguir trabajando. Nos duele verlos, porque cuando se acaba el programa lloran y no quieren que termine porque saben que nunca más van a estar limpios, no les celebrarán sus cumpleaños y los van a volver a maltratar, pero sobre todo van a dejar de recibir afecto”.
Los niños de la calle en Tierralta son hijos de madres entre los 25 y 50 años. Tienen problemas de desnutrición, hongos en los pies e infecciones en la piel. Es una radiografía calcada siempre. Trabajan porque les toca, pero además porque sus padres los obligan sin importar el peligro al que se exponen. La única organización que trabaja por ellos tiene un programa que sólo los desvincula de la calle durante seis meses, debido a que carece de recursos para desarrollar otros proyectos. Los menores deambulan famélicos buscando que les regalen una moneda para sobrevivir el día mientras piden con la mirada extraviada. Y se asombran al tratar de entender la fábula de Papá Noel, que cada 25 de diciembre, en Navidad, según reza la tradición, desciende por una chimenea —¿cuál en Tierralta?— con un costal repleto de regalos para los niños.