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El Eln se encargó de desinflar las expectativas que había creado sobre el mensaje que daría a conocer el miércoles 7 de enero, aniversario 50 de la toma de Simacota, la primera de su largo historial violento.
Lo hizo público su máximo jefe, Nicolás Rodríguez, Gabino, y fue una decepción. No pasó de ser un saludo a la bandera, una manifestación más y sin mayor sustancia de que el Eln está dispuesto al diálogo y a pensar en la posibilidad de dejar las armas como parte de una negociación de paz. La coletilla de la ‘Declaración política’ de su V Congreso, sin señales ciertas de que la fase exploratoria que comenzó con el Gobierno en enero de 2014 haya logrado avances en la definición de una agenda y en el cómo de un posible proceso de negociación. Y, además, dejó la pelota en la cancha del Gobierno, como si el Eln no fuera parte de una guerra a la que se quiere poner fin y que sólo ha dejado muerte y destrucción.
Con el Eln han naufragado ya cuatro intentos de negociación, sin incluir la oferta de entrega de armas a cambio de una amnistía en el gobierno de López Michelsen, a comienzos de 1975, saboteada por los militares. Fracasaron los intentos de paz con los gobiernos de Gaviria, Samper, Pastrana y el segundo de la seguridad democrática. El expresidente Uribe, que hoy fustiga al Gobierno porque negocia con terroristas, el 9 de junio de 2005, al comienzo de la campaña reeleccionista, le hizo al Eln una generosa oferta durante reunión con desmovilizados de las Auc. “Si el Eln acepta el cese de hostilidades, el Gobierno acepta no continuar con operaciones militares en su contra, mientras que el cese sea mantenido —dijo entonces Uribe—. El Eln no tiene que desmovilizarse, tampoco se tiene que desarmar (…) La desmovilización y el desarme son puntos de llegada”. Fue la semilla de nueve rondas de conversaciones en La Habana y Caracas, que duraron casi dos años y que en medio de tensiones y mutuas desconfianzas llegaron hasta la redacción de un borrador de ‘Acuerdo Marco’.
Nunca antes se había llegado tan lejos: el Eln aceptaba suspender todo tipo de acciones militares, dejar el secuestro, liberar a los secuestrados y participar en los programas de desminado, y el Gobierno se comprometía a suspender las actividades ofensivas en su contra. El proceso fracasó finalmente, luego de superar varios obstáculos, cuando el presidente Uribe suspendió la misión de buenos oficios del presidente Chávez para la liberación de secuestrados de la guerrilla. El Eln se solidarizó con el mandatario venezolano y las conversaciones se suspendieron.
Hoy se abre una nueva oportunidad. Me gustaría preguntarle a Gabino, único sobreviviente de ese pequeño grupo de campesinos y estudiantes que en julio de 1964 debutaron como embrión del Eln en una marcha en San Vicente de Chucurí, y protagonista en la sombra de los intentos fallidos de negociación, si es consciente de que la lucha armada como vía para llegar al poder fracasó, qué cree que el Eln ha logrado en 50 años de guerra, a quiénes ha liberado y de qué. Por qué la sordera al rechazo generalizado de sus métodos violentos, por qué no ven en la deserción de tantos hombres de sus filas una señal de que muchos están cansados de pelear una guerra ya perdida. Por qué no están dispuestos a reconocer sus propios errores. Y también me gustaría preguntarle si no cree que la firma de un acuerdo con las Farc —blanco principal de la ofensiva militar en los últimos 15 años—, convierte al Eln en prioridad y pone en grave riesgo su supervivencia, y si en el fondo lo que hay es miedo de dejar las armas porque no saben cómo hacer política sin un fusil al hombro. Una quinta oportunidad, tal vez la última, está abierta. ¿La van a dejar pasar?