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Verdades inconvenientes

Christopher Hitchens
13 de diciembre de 2008 – 10:00 p. m.

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A VECES LO OBVIO ES LO MÁS DIFÍCIL de discernir, y pocas cosas son más entretenidas que los esfuerzos de nuestros periódicos para mantener una mentalidad “abierta” sobre todo aquello que se cae de maduro. De esa manera, se fabrican misterios cuando la tarea verdadera del reportaje es disiparlos.

Quien ha logrado un récord en esa categoría es Fernanda Santos, del New York Times, que se las arregló para escribir el 27 de noviembre que el centro judío Chabad en Bombay era “un improbable objetivo de los pistoleros terroristas que desataron una sangrienta serie de ataques coordinados en y alrededor del centro comercial de Mumbai”. Mientras continuaba manteniendo su ceño fruncido con las arrugas de la duda y de la incertidumbre, Santos continuó sosteniendo que “no se sabe si el centro judío fue elegido por razones estratégicas, o si fue un accidental escenario de rehenes”.

La misma perpleja expresión es actualmente usada en los rostros de todos aquellos que se preguntan si Pakistán está implicado en el asalto “coordinado de manera sangrienta” en el corazón de Bombay. Para conseguir una perspectiva adicional, aunque oblicua, en este acertijo que es un enigma envuelto dentro de un misterio, echemos una mirada al excelente ensayo de Joshua Hammer en el último número de la revista Atlantic. La pregunta en su título —“¿Está (Siria) escapando a las consecuencias luego del asesinato?”— por lo menos es formulada al comienzo del artículo y no al final.

Aquí están los hechos conocidos: si usted es un político o un periodista o una figura pública libanesa, y decide criticar el rol jugado por el gobierno de Siria en los asuntos internos de su país, su auto volará por los aires cuando usted active la llave del encendido, o le harán una emboscada y será asesinado a balazos o al estallar una bomba o una mina terrestre cuando conduzca su vehículo por las calles de Beirut o a través de los caminos que conducen a las montañas. Los explosivos y las armas que se usaron, y las habilidosas tácticas usadas, recordarán el tipo de recursos con que cuenta únicamente la policía secreta y el ejército de una maquinaria estatal. Pero, para ser justo, debo enfatizar que esto es todo lo que se conoce con seguridad. Usted critica la dictadura de Assad y, o su vehículo es destruido por un explosivo, o a usted le vuelan la cabeza. Con el transcurso del tiempo, eso le ha ocurrido a gran cantidad de personas en el Líbano, desde el estadista sunita Rafik Hariri pasando por el líder druzo Jamal Jumblatt, hasta el ex funcionario del partido Comunista libanés George Hawi. No es tampoco cuestión de ser un “teórico de la conspiración” y alegar que hubo alguna necesaria conexión entre las críticas a Assad, y las deplorables y letales consecuencias.

El artículo de Hammer es bueno para divertirse un rato en la medida que muestra todos los problemas que enfrenta la comunidad internacional para no implicar a la familia Assad en esta cadena de desafortunados eventos. Después de todo, ¿no dizque Damasco cuenta con las llaves para alcanzar la paz en la región? ¿No podría el joven Bashar Assad, que se las arregló para llegar a ser presidente luego del pacífico fallecimiento por causas naturales de su padre, comenzar a fastidiarse y volverse petulante e incluso negar su colaboración si se descubre que él ha estado ordenando asesinatos?

¿Podría el legendario “proceso” de paz sufrir un retroceso si un dedo acusador apuntara contra Assad? En las oficinas de la hace largo tiempo establecida, y en este momento casi histórica, investigación de las Naciones Unidas sobre el asesinato de Hariri, evidentemente están arrastrando los pies debido a evaluaciones como ésas, y Hammer describe muy bien la atmósfera resultante.

De una manera bastante parecida, la comunidad internacional ha decidido, digámoslo así, no emitir juicios sobre el tema de la intervención paquistaní en la perturbación causada en Bombay. Todo, desde los teléfonos celulares hasta el entrenamiento, parece posible de rastrear hasta los sucedáneos de un grupo proscrito llamado Lashkar-i-Taiba, que practica lo que predica y predica una guerra santa contra los hindúes, como también contra los judíos, cristianos, ateos y cualquier otro individuo “impuro”. Lashkar es famoso por ser un hijo bastardo  —aunque no desheredado— de los servicios de seguridad paquistaníes. Pero, ¡qué inconveniente que este hecho autoevidente y obvio deba ser planteado!

En primer lugar, qué inconveniente para el gobierno del presidente paquistaní, Asif Ali Zardari, un presidente flamante, carente de experiencia, que tal vez no está exactamente a cargo de su propio país o de sus fuerzas armadas pero que sabe cómo hacer sonar las llaves de la paz. Qué inconveniente, también, para todos aquellos que asumen que la guerra afgana es la “buena” guerra cuando ven que las unidades del ejército paquistaní son retiradas de la fronteriza afgana —tal como el gobierno de Pakistán ha anunciado— y emplazadas contra la democrática India (que ha sido siempre el “real” enemigo de Pakistán).

Las situaciones de Siria y de Pakistán son más similares de lo que la mayoría de las personas desean señalar. En ambos casos, hay un Estado dentro del Estado que ejerce el real poder paralelo y posee la reserva de fuerza. En ambos casos, el “secularismo” oficial es una máscara (como también lo fue con los iraquíes del partido Baath) que permite patrocinar a los grupos de gánsteres teocráticos de Lashkar y de Jezbolá. En ambos casos, los artefactos nucleares están a disposición del Estado oficial —una república bananera—  y también, con toda probabilidad, a disposición de elementos no oficiales, criminales y terroristas. Dada esta situación sombría y cada vez peor, no es raro que nos consolemos con nuestras ilusiones y con nuestras cómodas dudas. Por ejemplo, cuando alguien se pregunta si los judíos están siendo atacados de manera deliberada, o si tuvieron la mala suerte de estar en el sitio equivocado en el momento equivocado. Todo esto sería vagamente divertido si no estuviera enfilando directamente hacia nuestras propias calles.

* Periodista, comentarista político y crítico literario, muy conocido por sus puntos de vista disidentes, aguda ironía y agudeza intelectual. (Traducción de Mario Szichman). c.2008 WPNI Slate.

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