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El miércoles 7 de enero, en París, dos encapuchados ingresaron a las instalaciones del periódico satírico Charlie Hebdo, asesinaron a 11 personas e hirieron a 12 más.
A la hora en la que escribo esta columna continúa la persecución en Seine-et-marne contra los hermanos Kouachi, los principales sospechosos del atentado, y hace pocas horas se dio a conocer que dos nuevas operaciones policíacas están curso: una para atrapar a Amedy Coulibaly, un próximo de los Kouachi que el jueves en la mañana protagonizó un ataque a mano armada y mató a una joven policía en Montrouge, en los suburbios de la capital francesa, y otra en Vincennes, al este, donde un hombre descargó varias ráfagas de fuego y se refugió en un supermercado kosher junto a varios rehenes el viernes en la tarde.
Charlie Hebdo, una publicación hebdomadaria famosa por sus caricaturas y que ocasionalmente ejerce el periodismo de investigación, se ha caracterizado por abordar temas sensibles para la sociedad francesa relacionados con la extrema derecha, el islam y el judaísmo. Desde su fundación en 1969, el periódico ha sido amenazado por extremistas de todos los bandos, sobre todo por las duras críticas que ha realizado al integrismo religioso. En 2013, Al Qaeda en la Península Árabe declaró a su director, uno de los muertos en el ataque, como objetivo militar tras la publicación de un número inédito en el que se recreó la vida de Mahoma en caricaturas. En el número publicado el día del atentado había caricaturas relacionadas con el extremismo islámico, una de las cuales mostraba a Abou Bakr al Bagdadi (líder del EI) deseando salud para 2015.
Los organismos de seguridad no se han pronunciado acerca de las causas de los atentados, pero la hipótesis sobre su vinculación con las redes radicales islámicas permanece abierta. La eficacia y la precisión del ataque contra Charlie Hebdo, así como la rapidez con que los encapuchados emprendieron la huida, conducen a pensar que los responsables poseían entrenamiento militar. Según los testimonios de los sobrevivientes, los victimarios gritaron en varias ocasiones “Allahu akbar” (Alá sea alabado) y “hemos vengado al Profeta”.
El repudio al ataque contra Charlie Hebdo ya se hizo sentir en el mundo entero, pero el problema de saber hasta dónde puede ir la sátira gráfica contra el islam en un país que posee casi cinco millones de musulmanes (un 7,5% de la población francesa) y que ha puesto al menos 700 combatientes yihadistas en Siria, ha sido menos mediatizado y, por lo tanto, menos discutido. En medio de la inquietud pública y de la atmósfera de miedo que se ha vivido en los últimos días, muchos han empezado a preguntarse si Francia está afrontando su propia yihad, algo que ha sido instrumentalizado por las agrupaciones de extrema derecha para aumentar sus réditos electorales. De esto no cabe la menor duda: el Frente Nacional, en Francia; Pegida, en Alemania, y el Partido de la Libertad, en Holanda, serán los grandes beneficiados de este nuevo escenario de terror.