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En el nombre de Dios, de un dios o de varios, quienes los negaron terminaron quemados, como Giordano Bruno, quien entre el fuego escupió la cruz, o fueron excomulgados, como Voltaire, quien fue encarcelado por decir cosas como “me gustaría poder amar a este Dios en que busco a mi padre, y a quien me presentan como un tirano al que no tengo más remedio que odiar”.
En el nombre de Dios, quienes lo cuestionaron terminaron estigmatizados, pues destruido el hombre, podrían ser destruidas sus ideas. Nietzsche, Schopenhauer, Marx, Baudelaire, Rimbaud, Saramago y tantos otros finalizaron sus vidas, con sus obras, en lo más profundo de los infiernos.
Los poetas escribieron sobre Dios, y en nombre de Dios lo perpetuaron, en forma de condena o en medio de infinitas reverencias. Cees Noteboom especulaba con que “tal vez tu inmortalidad se deba a eso, a las obras de los grandes poetas, gracias a las cuales seguimos sabiendo de ti”. Unos fueron ubicados hasta la eternidad “a la diestra de Dios padre”. Los otros fueron proscritos y enviados a ese mundo de lenguas de fuego que describió James Joyce, uno de esos condenados: “Nuestro fuego terrenal, nuevamente, no importa cuán violento o extendido esté, siempre tiene un alcance limitado; el lago de fuego del infierno, en cambio, no tiene fronteras, ni riberas, ni fondo”.
En nombre de Dios fue creado ese infierno. El miedo como arma letal para que se hiciera “su” voluntad y la de unos cuantos. El miedo como una bomba para obedecer, para detener, para convencer. “En la Biblia dice”, repiten todos los días y hasta la saciedad aquellos que pretenden dominar, decidir, controlar, obligar, someter. “En la Biblia dice”, dijeron los sacerdotes de la Santa Inquisición luego de haber quemado a decenas de decenas de inocentes, acusados de brujería por no rezar el santo rosario. “En el Corán dice”, dijeron quienes estrellaron sus aviones contra las Torres Gemelas de Nueva York el 11 de septiembre del año 2001. “En el Corán dice”, dijeron también quienes condenaron a muerte al escritor Salman Rushdie por haber escrito sus versos satánicos, pues sólo ellos, y nadie más que ellos, eran los poseedores de la verdad. “Dios, el más grande”, gritaron los hombres que dos días atrás, y a punta de bala, quisieron acabar con las ideas de Charlie Hebdo.