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Siria: la guerra inventada

La cumbre del G-20 reveló que existen múltiples voces en desacuerdo con un ataque militar al país asiático. Estados Unidos insiste en sus justificaciones, mientras Rusia defiende su protagonismo en la región.

08 de septiembre de 2013 – 04:00 p. m.
En medio de líderes, la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, conversó con Obama en la cumbre de San Petersburgo. / AFP
En medio de líderes, la presidenta de Brasil, Dilma Rousseff, conversó con Obama en la cumbre de San Petersburgo. / AFP
Foto: AFP - ERIC FEFERBERG

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El G-20, conformado por países desarrollados, recién industrializados y emergentes, surgió en 2008, en el auge de la crisis financiera internacional, como un grupo técnico que poco a poco se fue apropiando de una agenda política debido a las fisuras del sistema internacional, su anacrónica arquitectura y el papel protagónico del mundo en desarrollo a principios del siglo XXI.

La semana pasada el G-20 se reunió en San Petersburgo, en medio de tensiones. Era el primer encuentro entre los presidentes Vladimir Putin y Barack Obama después de que el gobierno ruso decidiera concederle asilo político a Edward Snowden, exconsultor de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos. Además, en los últimos días llegaban expresiones de resistencia internacional, también desde Rusia, en contra de una posible intervención militar de Estados Unidos en Siria.

Por otra parte, Brasil y México exigían explicaciones por el espionaje de la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos a sus presidentes, lo que ponía en evidencia que este país no tiene aliados sino que se rige por intereses temporales. Pareciera ser que esa estrategia, reforzada en el marco de las guerras preventivas, no sólo se aplica a los terroristas sino preferentemente a los potenciales competidores, como en el caso de los Brics: Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica. Entre tanto, desde el Vaticano el papa Francisco hacía un llamado a los líderes mundiales para “promover el diálogo y la intervención humanitaria” mediante una jornada mundial de ayuno por la paz.

Aunque la agenda de la cumbre estaba dirigida a temas como la economía global y la estabilidad financiera, el marco para el crecimiento fuerte, sostenible y equilibrado, la cooperación tributaria, la creación de empleos, la inversión y reformas estructurales, la energía, el desarrollo inclusivo, el combate a la corrupción, el crecimiento y el comercio, la intervención en Siria —justificada por el uso de armas químicas contra la población civil— fue el tema central de la reunión del G-20 en San Petersburgo. La posible intervención militar “limitada” defendida por el presidente Barack Obama no encontró respaldo en el grupo responsable del 90% de la riqueza mundial.

El G-20 se dividió: una facción minoritaria que apoya la intervención —Turquía, Arabia Saudita, Francia y Canadá— y una amplia mayoría que se opone y defiende una salida política y diplomática liderada por la Organización de las Naciones Unidas —Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica, Italia, Alemania y Argentina—. Los argumentos del presidente Barack Obama no han convencido al G-20, tampoco al mundo, y ni siquiera a sus compatriotas, ya que más del 60% de ellos no apoya una guerra más. El ruido cotidiano de las bombas en Irak durante diez años es demasiado fuerte en el imaginario mundial y estadounidense.

Siria es la punta del iceberg. En los últimos años Estados Unidos ha aplicado varias estrategias de supervivencia para mantener su hegemonía mundial bajo la égida de un modelo de desarrollo basado en el libre mercado y la democracia. No obstante, la pérdida de espacio internacional debido a decisiones ilegítimas y la ausencia de ideas constructivas para erigir un mundo mejor han desplazado los niveles de liderazgo a otras partes del globo que creen que un mundo distinto es posible, más allá de un esquema de economía de guerra como forma de superar la crisis internacional.

Para la mayoría de la comunidad internacional la invasión a Siria significaría miles de víctimas y reforzaría el espectro de las guerras injustas al utilizar “las guerras comerciales para vender armas” y posesionarse de recursos naturales estratégicos en varias partes del mundo.

Más allá del dramático escenario injustificable de 1.429 muertes, entre ellas las de 426 niños, por el uso de armas químicas en Siria, el producto de una intervención militar estadounidense puede significar la disminución del protagonismo de Rusia en Oriente Medio, al debilitar su poder estratégico-militar y ampliar el cerco a Irán —la potencia petrolera del golfo Pérsico—, considerada una amenaza en la región, y abriría el camino a los planes estratégicos de Israel y sus aliados en un Oriente Medio inestable y transformado a la medida de sus intereses. Pero también podrá significar una tercera conflagración mundial inventada por los “amos de la guerra” con el propósito de dominar el recurso energético más importante del mundo: el petróleo.

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