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El 20 de marzo de 2003, Estados Unidos justificaba su invasión militar a Irak por el hipotético uso de armas químicas y por los vínculos del régimen Iraquí con Al Qaeda. Diez años después, Irak es un país que perdió autonomía, está inmerso en un escenario de corrupción y pobreza, con su patrimonio cultural ancestral destruido, un sinnúmero de desplazados y refugiados internos, cerca de un millón de muertos… En fin, un país con más confrontación y más dividido.
La tardía orden de salida de las tropas norteamericanas del territorio iraquí, para nada representó una “victoria” de Estados Unidos en el intento de armar estratégicamente el rompecabezas de un Medio Oriente Ampliado, lo que fortalecería la alianza Estados Unidos-Israel en una parte del mundo que piensa diferente y que no está dispuesta a dejarse dominar ni intimidar por Occidente. Además, Estados Unidos sale de Irak sin vencer militarmente a su contrincante, sufrió demasiadas bajas en sus tropas y tampoco pudo obtener el deseado control de sus recursos energéticos.
En 2011, como parte de la misma estrategia, se asistió al derrocamiento del coronel Gadafi y su posterior asesinato. Hace algunos días, un mundo expectante aguarda la difícil decisión del Premio Nobel de la Paz 2009, el Presidente Barak Obama, quien anunció una inminente intervención en Siria por una cuestión humanitaria, nuevamente con un argumento basado en sospechas del uso de armas químicas por el gobierno sirio.
Nadie puede defender un gobierno dictatorial que ha arrastrado a la población a un sufrimiento interminable, aunque no haya despertado una real solidaridad de la comunidad internacional con el pueblo sirio en los últimos dos años, cuando se agudizó la situación interna. Sin embargo, no se puede creer en la justificación del presidente de Estados Unidos. La crisis humanitaria, la ausencia de derechos humanos y la democracia importan muy poco en la política realista de Washington. Desde hace años este país ha armado a los rebeldes sirios mientras buscaba justificaciones para atacar e intervenir a Siria.
No obstante, el anuncio, aplazado por meses, sorpresivamente no encuentra respuesta inmediata y positiva del Consejo de Seguridad de la ONU, ni de sus aliados tradicionales, los cuales también pagaron altos costos domésticos, incluso electorales por la dolorosa guerra “inventada” en Irak y tampoco de la Organización del Atlántico Norte – OTAN.
En este ajedrez estratégico lo fundamental es que una posible incursión militar estadounidense en Siria probablemente disminuiría el protagonismo de Rusia en el Medio Oriente, con la subestimación de su poder estratégico y militar y ampliarían el cerco a Irán – la potencia petrolera del Golfo Pérsico- considerada como una constante amenaza en la región, lo que abriría el camino a los intereses estratégicos de Israel y sus aliados en un deseado nuevo Medio Oriente.
Ojalá la destrucción de Irak no se repita y la comunidad internacional no justifique el pensamiento clásico de que la guerra es otro medio de hacer política y mejor se respalde en instrumentos diplomáticos que puedan establecer un diálogo con Siria y al interior de Siria.