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2015: ¿el año de la paz?

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En 2015 América Latina celebrará cinco elecciones, dos presidenciales en Guatemala (septiembre) y Argentina (octubre); tres legislativas, El Salvador (marzo), México (junio), y Venezuela (diciembre); y una serie de citas internacionales que serán banco de pruebas de la integración y cohesión de ese nuevo actor internacional que quiere ser el mundo latinoamericano.

Pero puede ser también, y con un gran peso “electoral”, el año de la firma —¿también de la paz?— por supuesto en Colombia. El año en que el presidente Juan Manuel Santos se juega su lugar en la historia.

Por orden de aparición en escena, y citando sólo los principales encuentros, las citas serán: la cumbre de la Celac en Costa Rica (enero); las Américas (abril) en Panamá, donde coincidirán el presidente estadounidense, Barack Obama, y su homólogo cubano, Raúl Castro, después del anuncio de inminente reanudación de relaciones diplomáticas; en junio le tocará a la cumbre presidencial de la Alianza del Pacífico, que tendrá lugar en Urumbura (Perú); y, finalmente, la reunión de Unasur en diciembre, en la que deberá demostrarse que la organización, sumida en un relativo letargo en los últimos años, sirve para algo, tarea ímproba para el nuevo secretario general, el expresidente colombiano Ernesto Samper.

América Latina se halla en un proceso, no tanto de integración como de salvar un escalón previo imprescindible: el establecimiento de una identidad internacional suficientemente cohesionada para que el resto del mundo deba tenerla en cuenta. Por eso serán importantes los comicios de Argentina, Venezuela y México. En Argentina el peronismo, los peronismos en realidad, lucharán por mantenerse en el poder sin la presidenta Cristina Fernández, que no puede presentarse por mandato constitucional, contra una oposición que, en la mejor tradición del país austral, aún busca su completa unidad para la victoria. Y si el peronismo 1 cristino-kirchnerista o el peronismo 2 Sergio Massa no se imponen, saldrá debilitado el bloque bolivariano, porque la oposición mira al exterior sin alianzas preconcebidas. Las legislativas venezolanas serán, en cualquier caso, el “caja o faja” del bolivarianismo chavista. La catástrofe económica bajo la presidencia de Nicolás Maduro, del que el historiador Alberto Barrera ha dicho que “tiene cara de mientras tanto”, debería darle una seria oportunidad a la oposición que dirigen Henrique Capriles, Leopoldo López —en la cárcel— y Jesús Torrealba, el chico-para-todo, líder organizativo del conglomerado opositor venezolano. El chavismo ha repetido, sin embargo, hasta la saciedad que la revolución no va a ceder fácilmente el poder. Y sin Caracas el bolivarianismo habría muerto. Por último, las legislativas en México pueden ser la ocasión para que el presidente Peña Nieto recupere todo o parte de lo perdido con la hecatombe de Ayotzinapa, la masacre de 43 estudiantes de magisterio a manos de una policía enfeudada al narcotráfico. Pero si el PRI no alcanza la mayoría absoluta en la Cámara, el presidente lo tendría muy difícil para el resto de su mandato, y el “regreso” tan trompeteado de México a las instancias de poder e integración latinoamericanas podría verse gravemente en entredicho.

¿Y qué significa en esta serie de citas electorales el conflicto colombiano? Sin una Colombia pujante América Latina es mucho menos América Latina, y de igual manera que la firma de algo que se llame paz abriría un paréntesis histórico positivo, la ruptura del proceso de La Habana o, lo que sería casi lo mismo, su prolongación por tiempo indefinido sin perspectivas de verdadero éxito, la mayor ducha de agua fría, no sólo nacional sino internacional, para el país. La firma no es la solución de todos los problemas, pero si no se firma es el país el que se convierte en problema. Las personalidades colombianas que trata este periodista están mayoritariamente convencidas de que habrá firma, pero nadie se aventura a especular sobre la naturaleza y posibilidades de progreso del acuerdo con las Farc; y tampoco ignora que la cuestión de la paz se plantea con la máxima agudeza al día siguiente de la firma, así como que los numerosos enemigos de una paz sin victoria sobre el terreno o en la mesa de negociaciones —el vasto sentimiento uribista— harían su agosto con un grado de impunidad que se prevé alto en cualquier arreglo final con la guerrilla. El fin de las hostilidades no sería el principio del fin, sino sólo el fin del principio.

Si Colombia inicia en 2015 el camino a la paz nacerá un nuevo “ismo” en el país, el “santismo”, hoy todavía renqueante, que pueda aspirar en mandatos sucesivos —¿Germán Vargas?— a la cristalización de una nueva realidad nacional en la que, por fin, no habría ya coartadas de guerra en la jungla ni subterfugios clasistas para seguir aplazando una modernización burocrática y funcional, que es lo que necesita no sólo Bogotá sino toda América Latina. Esa será, por tanto, la mayor confrontación “electoral” de 2015. 

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