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Viajeros sedentarios

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Cuentan que la tía abuela “Olita” jamás conoció el mar. En mi memoria nublada no aparecen su cara ni su lecho de enferma; sólo la voz de un adulto, seguida de un suspiro profundo, en su funeral: “Saber que ella nunca fue a la playa”.

Aunque a veces costoso, cada vez es más fácil viajar, surgen nuevas formas de hacerlo y aumentan los destinos conquistados (y arruinados) por la mano del hombre.

Si los grandes viajeros y expedicionarios europeos de los siglos XVIII y XIX llevaban un dibujante de cabecera para registrar con fidelidad sus “descubrimientos” y vivencias; en la actualidad, las redes sociales se han convertido en la forma de compartir y, por qué no, exhibir (en el sentido más prosaico) el paso de los trotamundos por tierras lejanas. La paciencia de Penélope no hubiera sido la misma de haber estado pendiente del muro de Facebook, contando likes en la imagen de un caballo de madera. Además de fidelidad, su figura representa otra forma del viajero: aquel que se queda, sedentario por algún impedimento externo o por voluntad propia.

No todos le encontramos sentido al mundo en las mismas experiencias, “los viajes sólo son necesarios para las imaginaciones menguadas”, diría Colette. Algunos jamás hacen girar el mapamundi. Ven los mapas como laberintos, entramados carentes de interés.

La inmovilidad de muchos de estos viajeros suele tener un origen evidente: detestan desplazarse, no tienen dinero, les temen a los medios de transporte. Otras veces, el asunto es más complejo: sufren alguna enfermedad, aguardan un amor.

“Me voy pero te juro que mañana volveré… de día viviré pensando en tu sonrisa”, cantaba Nino Bravo. ¿Regresaría? ¿Su Penélope setentera volvería a sonreír?

Cuántos velorios de gente que jamás conoció el mar, que no posó para una cámara sosteniendo la torre inclinada de Pisa ni con la Eiffel como corona. Nunca elevó una oración en la Capilla Sixtina ni maldijo la pirámide de Keops, con los ojos llenos de arena. Los microbios del Ganges, los naranjos de la Alhambra y el hielo de la Tierra de Fuego pueden esperar.

¿Acaso los límites de nuestro mundo están vinculados a nuestros desplazamientos? “Lo universal es algo distinto, algo siempre relacionado con un lugar pequeño: un pueblo, un barrio, una calle, un bloque de pisos —comentaba el escritor Amos Oz, en una entrevista a La Vanguardia— y se convierte en universal porque todos nuestros secretos son los mismos”.

Viajar no implica necesariamente un cambio geográfico (ni sustancias “transportadoras”). Un viajero puede ser sedentario y a la vez sediento, sin buscar nuevos paisajes, sólo mirando con los “nuevos ojos”, de los que hablaba Proust.

Fascinante su mundo interior. Universo infinito, sin fronteras, que no sabe de pasaportes ni visas. No declara ante los agentes de aduana. Desconoce ese limbo del espíritu que significa ser extranjero. Es como el recluso, el ermitaño, el monje de clausura, cuya imaginación transforma una sábana en alfombra voladora… O, tal vez, no.

Ana Cristina Restrepo *

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