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‘Si va a ser igual que con Hussein, mejor que no hagan nada’

La comunidad siria en el exilio no se pone de acuerdo sobre la intervención que planea Estados Unidos. Unos dicen que no servirá, otros, que es la única opción.

Moahamad Taha huyó de Siria hace diez años.
Moahamad Taha huyó de Siria hace diez años.

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Un pueblo dividido

“No tengo ningún interés familiar o profesional en Siria”, dice la mujer frente a la mesa con folletos sobre la revolución que entrega a los transeúntes en una calle parisina. “Estuve de vacaciones y me enamoré de un país al que quiero devolverle algo. Cuando fui, meses antes del comienzo de la insurrección, nadie imaginaba un levantamiento contra Bashar al Asad, nadie hablaba de política”.

Junto a la mujer hay banderas sirias, una pancarta que muestra una caricatura de Al Asad y un muñeco pintado con manchas que representa a las víctimas de los ataques con armas químicas, cuya autoría aún es tema de discusión. “La gente dice que Al Asad no podría haber hecho eso contra su propio pueblo. Pero ¿acaso los rebeldes lo habrían hecho?”, se interroga una mujer de velo y gafas oscuras. Como la mujer de los folletos, cada sábado se une al grupo que pasa la tarde frente a la fuente de los Inocentes, el centro geográfico y comercial de París.

El sábado pasado tres manifestaciones más tuvieron lugar en la capital francesa. Una en la plaza de Chatelet, junto al Sena, donde los opositores más radicales levantaron pancartas en las que llamaban al mandatario sirio “terrorista”, “carnicero” y “payaso”. “No queremos negociaciones, lo queremos colgado”, decía un hombre de barba, exiliado desde la época en la que Al Asad padre tenía el control del país.

La segunda manifestación es en la fuente de Saint Michel, al otro lado del río. Allí estaban quienes apoyan al régimen. Repiten que el ataque con armas químicas fue un montaje. “Frente a un mandatario que no servía a sus intereses, los Estados Unidos impusieron un gobierno en Irak, como lo hicieron antes en Chile y como intentaron hacerlo en Cuba. Siria es el siguiente objetivo, luego seguirá Irán”, dice furiosa una estudiante de ciencias políticas de origen sirio. Otro joven se une: “¿Por qué no hacen nada contra las dictaduras en Arabia Saudita o los Emiratos?”.

“Quieren tumbar al único, escúcheme, al único gobierno laico que queda en el mundo árabe. Luego habrá un títere de los estadounidenses o islamistas radicales. Ni se sabe lo que sería peor”, dice un hombre mayor. Una tercera manifestación ha tenido lugar horas antes en la plaza de los Derechos Humanos. Son los pacifistas que reclaman una salida negociada y se oponen a una acción militar francesa. Y son pocos.

Los recién llegados

Oday Ghalgonn tiene la piel quemada por el sol. Hace dos meses salió de Homs luego de constatar que las amenazas que les habían hecho a varios conocidos suyos habían terminado por hacerse realidad. “La situación era insostenible. No le puedo decir cómo se están viviendo las cosas en el resto del país, pero en Homs la electricidad y el agua son muy intermitentes. Hay días en los que uno tiene que pasar sin comer porque se acaban las provisiones y hay francotiradores que disparan a lo que se mueva. Entonces a uno le avisan que se fueron para otro lado, pero uno llega a las bodegas y allí tampoco hay nada”.

Veterinario de profesión, Oday comenzó a involucrarse desde las primeras manifestaciones. Primero saliendo a marchar, luego repartiendo volantes. “Había inconformidad con Al Asad, demasiada censura y corrupción, pero creo que nadie quería que las protestas se transformaran en una guerra. Al principio todos creíamos que, en el peor de los casos, Al Asad iba a abrirse a las reformas, y en el mejor dejaría el poder. No del todo pacíficamente, pero tampoco con una represión tan brutal y prolongada. Acababa de pasar en Túnez y Libia. ¿Por qué no en Siria?”.

¿En qué momento los manifestantes terminan armados?

“Fue una respuesta a la violencia del Ejército. Primero era sólo contra los manifestantes. Había muertos, la gente corría. Había una calma triste. Luego bloquearon barrios, luego los bombardearon. Ahí fue cuando la gente empezó a armarse, pero también comenzaron las amenazas personales, las detenciones de las que nadie hablaba. No podíamos dejar que nos mataran”.

Oday continuó participando en las manifestaciones luego de que fueran prohibidas y decidió escribir un boletín de noticias sobre lo que pasaba en Homs. Ante la imposibilidad de imprimirlo, lo enviaba por correo electrónico a sus contactos. Lo identificaron como el autor y tuvo que comenzar a moverse en la clandestinidad.

Así resistió durante más de dos años, antes de solicitar ayuda al Ejército Libre de Siria para abandonar la zona. Atravesó Damasco, antes de ganar la frontera con Jordania y viajar hacia Europa. Dice que es imposible comunicarse por teléfono con su familia en Homs, excepto cuando ellos convencen a algún periodista de los grandes canales de televisión de que les preste por un momento sus equipos de comunicación satelital.

“De resto, por las redes sociales. Un mensaje cada dos o tres semanas, porque el acceso a internet también es casi imposible. Yo les digo que traten de salir, pero dicen que no. A lo mejor tienen razón. Los refugiados que logramos llegar hasta Europa tenemos muchos problemas. Hay que probar que a uno lo persiguieron, eso da el derecho a quedarse, pero uno solito tiene que conseguir casa y trabajo. No es fácil. Claro que uno está vivo, uno sabe que mañana estará vivo y eso ya es algo”.

¿Cómo ve el cambio en la posición internacional luego de la utilización de armas químicas en el Ghouta?

“Hablan de una línea roja, pero creo que antes de eso, Al Asad ya las había pasado todas. No queremos que nos impongan nada, queremos que nos ayuden en nombre de la dignidad humana. Y sería bueno que los mismos árabes empezaran a hacerlo, porque la ‘comunidad internacional’ no es sólo Europa y los estadounidenses. Los mismos países árabes deberían haber sido los primeros en actuar.

La gente teme que, si Al Asad es derrocado, el poder quede en manos de los islamistas… ¿Qué islamistas? Yo conozco muy bien al Ejército Libre de Siria. No todos son islamistas; hay de todo, hay visiones diferentes del islam, también hay laicos. Hasta ahora todos han luchado juntos con una visión que no es para nada religiosa sino democrática; no sé por qué eso tendría que cambiar en el futuro. El pueblo sirio es un pueblo educado, no un rebaño de fundamentalistas”. Dice que puede que pase mucho tiempo antes de su regreso, pero deja claro algo: “No tengo rencor”.

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…los veteranos del exilio

“Yo quería defender nuestro pasado. Así empezaron mis problemas”, dice Moahamad Taha, arqueólogo que nació y trabajó en la región de Palmira. Exiliado desde hace diez años en París, sus primeras diferencias con el régimen no fueron políticas sino culturales. “Comencé enfrentándome a constructores y promotores inmobiliarios que tenían proyectos que habrían destruido bueno parte del patrimonio arqueológico de la región. Algunos eran cercanos a Al Asad. Su familia tiene intereses en todos los sectores de la economía y la industria, y cuando no son las leyes las que se adaptan a sus intereses son los poderes locales”.

Según Taha, la desatención a sus quejas presentadas legalmente lo llevó a involucrarse en organizaciones políticas de oposición, que, aunque legalmente estaban autorizadas, eran vigiladas de cerca. Cuando las intimidaciones fueron extendiéndose a la familia, decidió radicalizarse. “Practican mucho la detención preventiva. Te siguen porque saben quién eres. Te arrestan en la calle y luego de varios días de golpizas te sueltan sin cargos”.

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La táctica permitiría argumentar que había un número bajo de detenidos políticos y al mismo tiempo desmoralizaría a los opositores. Taha pasó varias temporadas en prisión antes de comprender que —dice— la próxima no tendría salida.

“Una vez en el exilio fui dejando de lado mis actividades profesionales y dedicándome a denunciar los crímenes pasados y presentes de la familia Al Asad”, dice Taha, quien insiste en señalar que “Bashar es sólo la cabeza de un clan, en buena parte familiar, que controla el país”.

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¿No teme las represalias contra los miembros de su familia?

“Yo les dije: ‘Me voy a cambiar el nombre. Si vienen, digan que yo me fui, que no saben de mí’. Ellos dijeron que no, que lo asumíamos todos juntos. Hace un par de años mi madre necesitaba un procedimiento médico de urgencia. Era algo complicado, pero de rutina y tenía buen pronóstico. Cuando supieron quién era, dieron la orden de no hacer nada y se murió en el hospital”.

¿Qué piensa sobre una intervención militar de la comunidad internacional?

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“Preferimos ayuda sostenida para la gente que está allá, no una intervención relámpago. La familia Al Asad no tiene miedo y si la idea es sólo ‘asustarlo’, va a salir favorecido. Si van a hacer como hicieron con Sadam Hussein en la primera Guerra del Golfo y vamos a tenerlo diez años más, mejor que no hagan nada”.

r_abdahllah@hotmail.com

@r_abdahllah

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