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“Se van y me dejan”

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Pintoresca. La anécdota tenía que ser pintoresca por todos los que en ella están retratados. La relató Mara Martínez en un libro que lleva por título Las mujeres de Obregón.

Como la historia, pese a su dramatismo, está teñida de tintes festivos, no me parece mal referirla. Porque tiene también una carga de solidaridad que, por tantas razones, sale a relucir en estas fechas y que tanta falta nos hace en los otros once meses que completan el año.

El libro es una compilación de entrevistas que hizo Camándula, pseudónimo de la periodista Rosario del Castillo Pardo, a muchas de las mujeres que rodearon, a lo largo de su vida, al maestro Alejandro Obregón. Y la anécdota que refiero la narró Mara Martínez, amante de Obregón durante cinco años y amiga suya el resto de su vida.

Cuenta que alguna vez, estando reunidos los del grupo de La Cueva, armaron una rumba de locos. Tras tres días de licor y jolgorio, Enrique Grau, que también estaba presente, se tumbó en una hamaca, se acomodó como pudo y dejó una mano fuera. Había no lejos de la hamaca un caimán amarrado, y el maestro se mecía justo hasta el hocico del caimán y sonreía, porque le hacía cosquillas. Estando todos pendientes del final de esa amistad nueva y peculiar, otro de los circunstantes se cayó encima del equipo de sonido y lo aplastó. El dueño de la tienda exigió que le pagaran: vinieron los reclamos y los gritos que siguen a estos incidentes propios de la juerga y la borrachera, y vinieron también los golpes y las trompadas que, desafortunadamente, tampoco faltan en ocasiones de este tenor.

Llegó la Policía para poner ley y llamar al orden, con tan mala fortuna que terminaron todos en la cárcel. Cuando estaban ya todos en la camioneta policial, Grau, entredormido aún por los tragos y la rasca, se despertó y vio que sus amigos iban presos en el carro oficial, una camioneta con una malla atrás —“como un gallinero”, describe Mara—, y que éste se disponía a arrancar para llevar a los juerguistas, bebedores y artistas, que de todo había en el jolgorio, a la comisaría. Se despertó cuando la camioneta estaba arrancando y, en el acto, tras despedirse, quizás, del amigo caimán, exclamó: “Se van y me dejan”. Y con el corazón contento, enguayabado y generoso se montó a la parte de atrás del mismo carro. Y se fue. Con sus amigos.

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La Atalaya les desea un feliz año y agradece a sus lectores la compañía dispensada a lo largo de todo 2014. 

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