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La sabiduría popular, cuando dice “Del dicho al hecho hay mucho trecho”, nos hace notar que no tendríamos por qué sorprendernos si alguien no hace lo que promete.
Sin embargo, que los dirigentes del G8 incumplan con compromisos como el de erradicar el hambre, que los dirigentes democráticos se conviertan en presidentes vitalicios o que las familias que existen con el fin de crear espacios de crecimiento se conviertan en escenarios donde el reclamo y el castigo campean, son incumplimientos que no vale la pena seguir aceptando.
Es importante que encontremos maneras de que nuestro futuro no sea igual al presente. Como siempre, cuando queremos cambiar algo en nuestra manera de convivir, el primer paso es mirar nuestro interior y, desde allí, recorrer el camino hacia la nueva conducta. Entonces, nos corresponde preguntarnos con sinceridad: ¿Qué es lo que nos sucede cuando nos alejamos de un compromiso y dejamos al otro “en el aire”?
Y probablemente nuestras respuestas serán variaciones del miedo a asumir las consecuencias: me asusté, me sentí incapaz de hacerlo de la manera en que dije, no encontré mas alternativas, creí que no estaba dentro de mis prioridades o al fin y al cabo no era mi problema y corría muchos riesgos.
Y es que, al estar acostumbrados a que el mundo sea de los audaces que sólo piensan en ellos mismos, tener en cuenta a los demás parece una debilidad y toda debilidad tiene como consecuencia el castigo, en formas que van desde el rechazo afectivo, la distancia emocional hasta el aislamiento, pasando por los insultos o los golpes.
En estos escenarios es comprensible que todo compromiso que requiera para su cumplimiento algún sacrificio se vuelva altamente peligroso. Pero podemos encontrar en nuestra mente y corazón una voz que diga: soy valiente cuando considero que abandonar es inaceptable, me atrevo a buscar múltiples o incluso difíciles alternativas para cumplir con mis promesas, pero sobre todo soy capaz de notar que soy muy pobre cuando al incumplir con mis promesas soy el único que vive bien.
Para que del dicho al hecho sólo haya un trecho y, entonces, un dirigente vea mas allá de los límites de su región, un líder perciba las infinitas sabidurías que tienen los que están a su lado, los empresarios faciliten que sus empleados desarrollen la función de liderazgo y las familias corrijan amorosamente los errores de los hijos, tendremos que abrir nuestro corazón a la conciencia de que sólo seremos fuertes cuando los demás sean prósperos y hayamos abandonado el egoísmo para abrazar el altruismo.