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Y hoy miras hacia atrás por entre el polvo que levanta el carro, como si entre los espacios que deja pudieras recuperar tus viejas preguntas, aquellas que te hacías treinta y tantos años atrás y que tanto te preocupaban.
¿Quién eras?, por ejemplo. ¿Qué harías con tu vida? ¿Con quién la vivirías y en dónde y para qué? ¿Serías leal a alguien? ¿Amarías? Las prisas, el tiempo, las obligaciones que te impusieron y con las que tú te cargaste, los señalamientos, las deudas, te llevaron por unos caminos que por momentos odiaste, pero que recorriste; unos caminos complejos, dolorosos a veces, pero que te hicieron ser quien fuiste. Esos caminos, o tu vida, como lo prefieras, fueron las respuestas a aquellos interrogantes.
Esos caminos, o tu vida, como lo elijas, fueron en gran medida tu elección, porque aunque lo dudes hoy, en aquel momento tuviste mil opciones diferentes, y si escogiste una o la otra, fue porque en esencia te inclinabas por esa, no por las otras 999. Nadie es nada de la nada, créeme. Nadie es asesino porque sí, nadie es ladrón porque un día se levantó queriendo ser ladrón. Tu infancia, el barrio, los amigos, tus padres, los profesores en la escuela, las canciones que oíste, las películas, los libros, en fin, todo eso que no consta en tus inventarios, fue lo que te determinó. Y todo eso fue la esencia que te llevó a inclinarte por un camino o por otro. La esencia de tus elecciones, sí, y la respuesta a algunas de tus preguntas.
Nadie te obligó, por más que te hayas querido convencer de eso una y otra y otra vez. Tú hubieras podido decir que no eras mi prometida cuando yo te presenté así la noche de nuestra primera fiesta importante, pero no fuiste capaz de contradecirme. Tu recato, tu pudor, o como quieras llamarlo, te hicieron asentir y meterte de lleno en el papel de mi prometida. Y eso que sentiste, ese miedo, fue producto de lo que viviste mucho, mucho tiempo atrás. Ese miedo al rechazo de los otros, y luego a mi rechazo, empezaron a convencerte de que sí, de que eras mi prometida, aunque yo no te gustara casi nada. Tú te convenciste de que yo era maravilloso por tus propios temores, no por mí. Por tus temores me besaste y todo lo demás, y te casaste conmigo, y también todo lo demás.
Hoy que miras hacia atrás, tratando de aprehender ese polvo que sale de la carretera, como si ese polvo fuera tu vida, deberías comprender que tú eres la respuesta a los interrogantes que te planteabas. Tú eres tu gran respuesta. ¿Quién eras?, te preguntabas. ¿Qué harías?, te preguntabas. Eras, fuiste y eres esta misma mujer sentada a mi lado que intenta devolverse a aquella fiesta para cambiar el destino, a sabiendas de que es imposible. Eras, fuiste y eres esta misma mujer que en lugar de afrontar su decisión y sus consecuencias, para construir un destino o para romperlo, prefiere divagar con lo que hubiera sido su vida si en lugar de un sí social hubiese respondido que no. Eras, fuiste y eres esta mujer sentada a mi lado que jamás creyó que yo la había presentado como su prometida por hacer una tonta broma.