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Una legión de fantasmas recorre el mundo de los adultos: los jóvenes hipnotizados por las pantallas de los celulares y las tabletas.
Zombis les dicen en México, la generación del pulgar en España, Colombia y Centro América, los hikikomoris en Japón, autistas en los autistas países nórdicos, los connected en el mundo anglosajón (v. gr. el norte de Bogotá), los niños digitales en todo el mundo.
Las razones de la preocupación son variadas, y las quejas provienen incluso de la cohorte juvenil. Los intelectuales se lamentan de que los jóvenes no leen; los profesores, de que todo lo bajan de Wikipedia; las mamás dicen que no saludan; los papás, que no comparten con la familia; los jefes, que se la pasan chateando; las jóvenes, que los tipos se la pasan metidos en páginas porno; los muchachos, que ellas los “boletean” en las páginas sociales (tengo una relación con Eduardo Sparza Sabogal), y los jóvenes y las jovencitas, que los adultos no los dejan conectarse en puta paz.
Los adultos parecen olvidar que los jóvenes nunca han sido lectores. Los adultos tampoco, así los intelectuales mayores vivan convencidos de que en su época todo el mundo leía, que ellos fueron, para decir de una vez palabras tiernas, la última generación que leyó. Pero olvidan que “todo el mundo” era su círculo de amigos; que ayer, como hoy, los jóvenes intelectuales se relacionaban preferiblemente con jóvenes intelectuales.
Por elementales razones de probabilidad, los eruditos puros son una minoría, como las personas exclusivamente prácticas; por fortuna, la gran mayoría tiende al equilibrio: a combinar la acción con la teoría.
Los jóvenes no pueden ponerse a leer porque tienen muchos “pendientes”: sexo, deportes, vicios, haraganear, dormir, conseguir unos pesos para salir, hacer labores domésticas y tareas escolares que no involucran la lectura, soportar la cantaleta de los adultos por su adicción a las pantallas… Además, no creo que sea un objetivo deseable, ni posible, convertirlos en eruditos. A lo más que podemos aspirar es a que mantengan con el texto escrito una relación tranquila y fluida; que la mayoría pueda leer y redactar textos sencillos; que un porcentaje significativo pueda leer de manera crítica los diarios, y aceptar de una vez por todas que el lenguaje metafórico y los textos que requieren para su comprensión algún bagaje en ciencias y humanidades, están reservados (encriptados) para una minoría donde predominan (oh sorpresa) los adultos jóvenes.
Todo tiempo pasado fue anterior, dijo un Luthier; y yo no quisiera regresar a las salas de espera de la era predigital, cuando había que leer revistas viejas, mirar al suelo para no molestar a los vecinos de sala o hacer esfuerzos para no mirar mucho las piernas de la vecina, en lugar de entretenerse con el celular y hacer cualquier cosa con él, incluso tomarles fotos a las piernas de la vecina.
Los jóvenes chatean, negocian, estudian, juegan, oyen música y se mandan mensajes de amor desde sus equipos, y todo esto hace parte de su sagrada intimidad. Será labor de los padres de familia encontrar, en la mesa del comedor, temas de conversación más interesantes que esta surtida paleta de actividades. O meterse de cabeza en su plato y dejar la joda.
Por mi parte, procuro mantenerme alejado de los niños y los jóvenes, y me parece perfecto que se mantengan ocupados con sus juguetes y no me distraigan a las señoras. Está muy bien que los cagones practiquen sus sofisticados juegos, y que los jóvenes chismoseen y coqueteen a través de sus aparatos, y que todos, niños, jóvenes y adultos, se entretengan como a bien tengan mientras les llega su hora.