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La idea surgió hace cinco años. Se le ocurrió a un grupo de colombianos, que más tarde se reunirían para conformar la Corporación Promotores de Paz (Corpropaz). Sabían que con excepción de Malasia, en los otros países de Centroamérica y África que entraban en etapas de posconflicto inmediatamente firmada la paz se disparaban los índices de criminalidad. ¿Qué podemos hacer? Esa fue la pregunta que como una chispa dio comienzo a uno de los proyectos más interesantes en materia de paz que actualmente están en marcha en el país.
Villa Paz promete convertirse en la primera ciudad hija del posconflicto colombiano. A orillas del río Muco, en la vereda Murujuy, del departamento del Meta, ya están dispuestas las primeras 3.600 hectáreas en las que se instalarían inicialmente 110 familias. La mitad provenientes de la zona y la otra de militares.
Como lo explica Alfredo Navas, un economista egresado de la U. de los Andes y actual director ejecutivo de Corpropaz, el modelo escogido es una adaptación de Malasia. Tres componentes han guiado el diseño del asentamiento. Primero, la creación de una unidad agrícola productiva que sirva de sustento a la ciudad. Tienen claro que no pueden ser menos de 5.000 hectáreas para que se cree una economía de escala. Pero para empezar está bien que sean 900.
El segundo componente son las aldeas integrales, que no son otra cosa que ciudades “en medio de la nada”, pero con todas las comodidades. De otra manera, muchos preferirán quedarse anclados en los cordones de miseria de Bogotá, Medellín, Cali o algún otro centro urbano. Redes eléctricas, un puente sobre el río Muco y carreteras hacia Puerto Gaitán ya se están diseñando y construyendo gracias a las autoridades locales y regionales.
El tercer componente son las plantas extractoras o procesadoras de los productos que generen las unidades agrícolas. Una estrategia para generar empleo y riqueza a la ciudad.
El proyecto aspira, en los próximos cinco años, albergar unas 2.000 familias de desmovilizados, desplazados, exmilitares e indígenas. El motor de su desarrollo sería el sorgo dulce.
“El alcohol que se extrae del sorgo es parecido al de la caña y se usa como biocombustible. El bagazo tiene condiciones excepcionales para producción de energía al generar vapor. Y la hoja es excepcional para alimentar ganado”, explicó Navas.
Si las cosas salen como están planeadas, este diciembre comenzarían la siembra y la construcción de las plantas productoras y las casas. Una vez se lancen las semillas de sorgo a la tierra, la carrera es contra el tiempo, pues en 90 días la planta ya está lista para ser cosechada.
Para Martha Bonilla, directora del Centro de Estudios Urbanos de la Universidad del Rosario que apoya a Corpropaz, “estas personas están buscando salidas de paz en Colombia con una propuesta tangible de trabajo, de vivienda y de calidad de vida”. Recuerda que el desafío para el país es gigantesco: cada año dejan las filas del Ejército 113.000 soldados, existen unos 56.000 desmovilizados y los desplazados por la violencia suman 4’800.000, según Acción Social.
Ante ese panorama, dice la experta, la única solución son ideas creativas, pero realistas, como la que está impulsando Corpropaz.
Reconciliación, urbanismo y energía
Con el fin de elaborar una agenda de investigación transnacional e interdisciplinaria para la formulación de un nuevo modelo de asentamiento humano en la Orinoquia, la Universidad del Rosario, junto con la Agencia Nacional de Hidrocarburos, el Club de Egresados de MIT-Harvard en Colombia, Corpropaz y el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), invitó a los expertos Robert Stoner, Donald Lassard y Ralph Gakenheimer, quienes estarán en el foro “Reconciliación, urbanismo y energía”, que se realizará el próximo 24 de agosto.