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Viaje al fondo de la Nasa

La Agencia Espacial Norteamericana, responsable de algunas de las grandes proezas científicas de la humanidad, atraviesa un duro momento luego de la cancelación del programa del transbordador y la incertidumbre que hay acerca de cuál será el vehículo que lo reemplazará.

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La Nasa es un sinónimo de tamaño, de gran tamaño. En la agencia espacial estadounidense todo es enorme: los transbordadores, los cohetes que llevan satélites al espacio, los museos para glorificar la llegada a la Luna, pero también los costos, las deudas, los problemas diarios de ingeniería cuando se quieren acelerar varios millones de toneladas más allá del alcance de la gravedad, utilizando un combustible altamente explosivo, que debe ser almacenado a una temperatura tan baja que lo convierte en la segunda sustancia más fría sobre la Tierra.

Y es que para dar un solo paso hacia el espacio (así sea el pequeño paso de Neil Armstrong) hay que inventarse primero los zapatos, la forma de caminar, calcular cuidadosamente la distancia a recorrer y, después de años de diseños y pruebas, esperar que los números estén bien. Para una entidad cuya herramienta principal es la ciencia hay bastante de creencia y fe en lo desconocido, una especie de credo cuyo principal evangelio es la nada.

Si hay que construir un cohete lo suficientemente poderoso para llevar al hombre a la Luna primero hay que edificar un lugar para poder manipularlo. El VAB (cuya sigla en inglés significa edificio de ensamblaje de vehículos) es el tercer edificio en volumen más grande del mundo y la cifra probablemente no dice nada hasta que se está adentro de él y la vista casi no alcanza para llegar hasta el final del techo: es una catedral de metal y cemento, cuya base cubre un área de tres hectáreas, con las puertas más grandes del mundo (139 metros), hecha para adorar, en los años 60 y 70, el cohete Saturno V y luego la flota de transbordadores.

El propósito fundamental del VAB era tener una instalación lo suficientemente grande para poner de pie a los titanes y ajustarles los tanques de combustible antes de llevarlos hasta la plataforma de lanzamiento. Todo se hace con grúas capaces de maniobrar, con precisión de centímetros, las costosas toneladas de equipo aeronáutico que fueron hasta la Luna y que durante 30 años llevaron y trajeron astronautas a la órbita de nuestro planeta. En las barandas hay pancartas con mensajes de apoyo para cada transbordador. “Estamos contigo, Atlantis”, dice uno. Un trabajador del VAB lo lee, resopla y dice: “Nostalgia”.

La estructura es de tal tamaño que, según Wikipedia, en su interior se alcanza a formar su propio clima debido a que la humedad tiende a generar nubes en la parte más alta del edificio. El dato lo corrobora uno de los trabajadores del lugar al señalar unos tubos inmensos diseñados para controlar el ambiente. El sistema de aire acondicionado es tan poderoso que puede cambiar totalmente el aire en sólo una hora. La huella de carbono debe ser igual de grande.

Para llevar el Saturno V o los transbordadores hasta la plataforma fue necesario crear unas bases móviles, que pesan casi 3.000 toneladas cada una y queman 296 litros de diésel cada kilómetro (deben recorrer 5,6 kilómetros); se llaman Hans y Franz y sí, parecen máquinas de una especie superior diseñadas para aplastar al homo sapiens. Con ese peso, más el del vehículo que cargan, también fue necesario crear un camino especial, con varias capas de distintos materiales, pues no hay pavimento que aguante tales presiones; la parte superior de esta carretera está cubierta con unas rocas, especialmente escogidas en dos ríos de Estados Unidos por su bajo nivel de fricción.

Ahora, semejante nivel de creatividad e inventiva es, además de una proeza humana, un asunto demasiado caro. Con la cancelación de los viajes del transbordador y la volatilidad de la principal economía del mundo, la Nasa enfrenta un nivel de incertidumbre, no científica sino política, sólo comparable tal vez al comienzo del programa espacial, cuando los rusos enviaron al espacio una pequeña circunferencia llamada Sputnik para el desagrado de los norteamericanos.

“La verdad es que la Nasa aún no sabe qué quiere. La discusión se ha tornado demasiado política”, dice uno de los ingenieros responsables de los motores de los transbordadores. Ese tipo de indecisión se puede observar en una plataforma de lanzamiento para el cohete Ares, el vehículo que prometía ser la próxima generación en la flota de la agencia. Sólo voló una vez. “Es un monumento al desperdicio”, dice con fastidio el ingeniero al referirse a la estructura, que costó un billón de dólares.

No resulta gratis que al último lanzamiento de la Nasa (Juno, misión de exploración no tripulada con destino a Júpiter), y el primero después del aterrizaje del Atlantis, hayan sido invitados varios congresistas para presenciar, de primera mano, cómo y hacia dónde estaba volando el dinero de los contribuyentes, tan escaso en momentos en que Estados Unidos bordeó la posibilidad de no pagar sus obligaciones financieras. En medio de la incertidumbre, los empleados de Nasa parecen, por momentos, estar cambiando la bata de laboratorio por la corbata y el traje de negocios.

Después del despegue de Juno, uno de los ingenieros que trabajan en el área de carga de los transbordadores fue enfático: “Es ideal que más gente entienda qué hacemos acá y por qué lo hacemos. Que sepan que estamos gastando bien su dinero”. Si bien la educación y la comunicación han sido siempre puntos fuertes de la agencia, hoy en día se siente más como gritos de ayuda que discurso de sensibilización.

“No es justo”, repetía un empleado del Centro Espacial Kennedy mientras observaba subir a Juno en el cielo de Cabo Cañaveral. Tiene razón. En medio de las batallas económicas entre republicanos y demócratas, con la siempre oportuna mediación de las calificadoras de riesgo, la ciencia será una de las perjudicadas.

Es el tipo de ciencia que logra que varias naciones se pongan de acuerdo para fabricar componentes para la Estación Espacial Internacional, que se ensamblaron en un laboratorio enorme, y rigurosamente custodiado, en donde aún hay piezas que han ido y vuelto varias veces al espacio. Es el tipo de ciencia que logra cultivar plantas con una mínima cantidad de tierra, sin utilizar pesticidas, con menos agua y 98% libres de enfermedades.

Todo en la Nasa es de gran tamaño: la ingeniería, los obstáculos, los sueños. Pero todo depende de cosas tan nimias como los caprichos humanos que nada tienen que ver con la ciencia, con la posibilidad de saber un poco más de nosotros al observar el enorme vacío de donde vino la vida.

Datos de un programa espacial

La gente del transbordador

El programa de los transbordadores daba trabajo a una pequeña milicia de entre 15 y 20 mil trabajadores, tanto de la Nasa como de los contratistas, que incluían los fabricantes de la nave como tal, así como de los cohetes y motores.

La Estación Espacial

Cerca de 200 personas, entre astronautas y turistas con grandes chequeras, han viajado hasta la Estación Espacial Internacional, que hoy, más de 10 años después de su comienzo, llega a pesar 400 toneladas entre habitaciones y laboratorios, principalmente.

El presupuesto

La Nasa cuenta con una partida presupuestal para 2011 de, aproximadamente, US$18 billones. La última misión, Juno, con destino a Júpiter, tiene un costo de US$1,1 billones.

Ciencia del espacio

Algunos de los avances científicos probados en la Estación Espacial Internacional y que hoy son aplicados en la Tierra incluyen dispositivos para purificar el aire y diodos emisores de luz que ayudan a aliviar el dolor crónico causado por heridas, entre otras cosas. slarotta@elespectador.com

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