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La ley de la papaya

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En este fin de año, cuando deseamos que el país esté a la altura de los retos que tenemos por delante, valdría la pena hacer una reflexión sobre una ley que aunque no sancionada debería derogarse en Colombia, porque si seguimos aplicándola, de nada valdrán las nuevas normas que se proclamen para hacer realidad el posconflicto.

La ley de la papaya es perversa. Sorprende a muchos extranjeros que visitan Colombia y a colombianos que han vivido por fuera. No creo que haya una institución informal más aceptada que esta interpretación peligrosa de la realidad que quita la responsabilidad de quien comete una ofensa y la transfiere al afectado. Les doy un ejemplo: el último viernes de noviembre estaba atendiendo durante todo el día una conferencia sobre justicia transicional organizada, entre otros, por la Fiscalía. Llegué temprano a parquear mi bicicleta. En el parqueadero me dijeron que me cobraban 10 pesos minuto, cuando pedí el recibo no me lo dieron. Imagino que el señor del parqueadero recordó la ley de la papaya: “este man necesita parquear, aprovecho y me gano unos pesos”.

Decidí dar un ejemplo de honestidad y parqueé la bicicleta en los bicicleteros públicos, al lado de la estación de Transmilenio Museo Nacional. Atendí la conferencia desde las 8 a.m. hasta las 2 p.m. Cuando salí, la bicicleta ya no estaba. Me monté en un taxi y le conté al taxista. Su respuesta fue: “¡dio papaya!”.

Me acordé entonces del incidente del general Alzate. Cuando ocurrió, estaba en Pasto organizando un evento. Comentando el hecho, me enteré de que circulaba la idea de que entre los generales que tenían un impacto directo en el proceso de paz teníamos una ensalada de frutas: general Mora, Naranjo y Papaya, ¿cómo se le ocurre a un general dar tremenda papaya?, decíamos.

Volví a la zona del Tequendama la semana siguiente. Vi el vagón de policía que está instalado a unos 300 metros de la estación de Transmilenio, es decir, a 150 metros de donde estaba mi bicicleta, y decidí acercarme a contar mi historia. El policía me dijo que él no podía responsabilizarse de bicicletas, dando a entender que esos incidentes pasan muy a menudo. Cuando le pregunté que si podía poner un denuncio, me dijo que tenía que ir a la Fiscalía, pero que estuviera preparado a perder todo el día. Me sorprendió la tranquilidad con que aceptamos la falta de eficiencia de las instituciones públicas.

De la frustración pasé a la culpa; ya me daba vergüenza contar la historia. Todos los que oían el cuento me recordaban la ley de la papaya. Al final de dos semanas estaba convencido de que había sido mi responsabilidad. La próxima vez que compre una bicicleta pague parqueadero, me decían, y yo automáticamente respondía: ¡claro, yo no vuelvo a dar papaya!

Afortunadamente llegó un amigo colombiano del extranjero al que le conté la historia y en vez de responsabilizarme me dijo: este país no cambia, por eso no pienso volver. No lo juzgo, mi apuesta fue la contraria: volver para contribuir a cambiar algo, pero sus palabras me recordaron lo perversa que es la ley de la papaya. Por eso es necesario trabajar para construir una sociedad que en vez de vanagloriarse de la ley de la papaya, reforzando la idea de que el vivo vive del bobo, se sienta orgullosa de un estado social de derecho donde se cumplen las leyes.

Mi deseo para 2015 es que cada vez más colombianos asuman su responsabilidad en la construcción de un país más honesto, más coherente y menos solapado. En particular, ojalá que muchos dejen de ver el proceso de paz y/o la oposición a éste como un papayazo para acceder a beneficios políticos y económicos personalistas, que en el fondo han sido el combustible del conflicto armado y la violencia en Colombia.

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