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Escribí en mi columna anterior que estos tiempos privilegian la democracia como cultura sobre la ideología como confrontación.
Eso significa privilegiar la política sobre la guerra. Así de claro. Pero muchos activistas siguen creyendo –como el viejo general alemán- que la guerra es una forma de hacer la política por otros medios.
El esquema decimonónico derecha-izquierda, que logró sobrevivir hasta el siglo xx, ha sido superado por el enfoque plural de la deliberación entre múltiples opciones legítimas. En otras palabras, la democracia se justifica como discusión pública, en medio de un pluralismo razonable que aparece como rasgo distintivo de la cultura política contemporánea. Tal visión puede suscribirse tanto desde el ámbito liberal como desde el ámbito comunitarista.
De alguna manera se trata de conciliar el derecho, e incluso los intereses, de las mayorías con el derecho y los intereses de las minorías en términos que, en el seno de sociedades complejas como las actuales, permitan construir lo que Habermas llamaría un proceso consensual y autónomo de formación de opinión pública. En esa forma el contenido procedimental de la democracia se convierte en sustantivo y el derecho en un instrumento de cambio.
Semejante enfoque es complejo y, naturalmente, se refiere a sociedades complejas. El esquema binario derecha-izquierda es, por el contrario, un esquema lineal. Por eso no es fácil resolver, en los tiempos actuales y con la óptica actual, una polémica propia de tiempos viejos, que ha sido revivida por el ascenso al poder de gobiernos que se proclaman de izquierda en América del sur.
El discurso político de Hugo Chávez ignora el debate sobre la evolución de la teoría de la democracia. Se divorcia, por completo, del discurso académico contemporáneo. El discurso de Chávez es revolucionario, mientras el discurso académico es republicano. Aquel gira en torno a la negación del otro. Éste, en torno a su reconocimiento. El viejo discurso revolucionario se volvió contrario a la democracia porque excluye. El otro, en cambio, es inclusivo.
El lenguaje de Chávez, desde una supuesta posición de izquierda, se identifica con la derecha ultraconservadora de Ahmadinejad, con quien comparte su rechazo al unilateralismo expansionista norteamericano. Los fascismos del siglo xx también fueron anti-gringos: Los de derecha y los de izquierda, porque fascismo es partido único, caudillo único, fanatismo político, autoritarismo político. La gran identidad de Chávez con Ahmadinejad es su postura fundamentalista.
En Colombia Gustavo Petro ‘des-mamertiza’ el discurso de su partido, utilizando la misma seriedad académica que –paradójicamente- le faltó a Carlos Gaviria cuando, después de un triunfo electoral sin precedentes, decidió ‘mamertizarlo’. Pero, entonces, Chávez le espeta que pertenece a una izquierda cobardona. ¿Acaso lo correcto es pertenecer a una izquierda brabucona? Chávez pone en evidencia otra dicotomía: Hay una izquierda inteligente y otra izquierda torpe. En cualquier caso, la fundamentalista no es la inteligente.
El siglo xxi trajo consigo la idea de la deliberación entre contradictores como factor equilibrante de la democracia, hasta convertir el modelo deliberativo uno de los más debatidos desde el punto de vista de la filosofía política. Es un modelo que formula el tránsito de la neutralidad clásica del liberalismo al compromiso republicano por generar propósitos comunes, en medio de las diversidades sociales.
Mockus ha sido, de tiempo atrás, defensor de la democracia deliberativa. Pero Gustavo Petro, en una postura inteligente, se desprendió del fanatismo decimonónico para plantearse como vocero de una especie de nueva izquierda que no tiene que ser ni brabucona ni torpe, porque para ella la pelea es pensando. A diferencia de Chávez, Petro sí entiende que la política dejó de ser confrontación excluyente, para convertirse en inclusión democrática. Esa es la actual diferencia entre barbarie y civilización.
*Ex senador, profesor universitario