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Esto de celebrar la navidad es cada vez más complicado. El concepto de civilización está permeado por una serie de ideas y hallazgos que transforman nuestra organización, costumbres y manera de ver el mundo. De festejar.
En esta época tan sensible, la búsqueda de una sociedad “menos salvaje” se manifiesta en pruritos de corrección política: no ofender, quedar bien con los preceptos de la religión, los desfavorecidos, los parientes pobres, los ricos. Hacer lo propio con el planeta…
Décadas atrás, doña Sofía Ospina de Navarro lamentaba en sus crónicas algunos cambios en los hábitos navideños, digamos, los chicos revoloteando por la finca durante las “marranadas”: ¿El marrano tiene corazón? ¿Por dentro es como uno?
Con el celular como prolongación del brazo, la gente ya no se cuenta historias sino calorías: “Cométe ese buñuelo, pero después no te quejés”. La domesticación de la cena navideña merece ser observada con esmero: aun entre algunas familias católicas, se mira con horror el sacrificio casero (en la finca o la cuadra) de cualquier ser vivo sea cerdo, gallina, pavo, res o pez… pero si la criatura proviene del espacio impoluto de un supermercado: las culpas se esfuman.
(Nadie discute la celebración con galas del nacimiento de un niño, predestinado al sacrificio en una cruz, sea Historia o leyenda).
Cuentan las abuelas, que sus padres las mandaban a las plazas a comprar pólvora, llenaban sus delantalitos blancos de chorrillos y buscapiés. Ni hablar de nuestros abuelos, consumados perseguidores de globos de fuego al filo de las montañas. Todos esos niños, nuestros ancestros, hoy hubieran terminado en un salón sombrío del ICBF.
La liberación femenina descuidó el capítulo “Navidad”. El Niño Dios no son el papá y la mamá: casi siempre es (y seguirá siendo) la mamá. Ella suele decorar, calcula el presupuesto, elige los regalos, los compra, empaca, marca y desmarca cuando toca (el cambio a última hora de los destinatarios de los aguinaldos: costumbre ancestral).
En cuanto al medio ambiente, un pesebre vanguardista no puede tener musgo natural ni animalitos de plástico: se degradaría primero la tradición cristiana que sus ovejas y camellos. Los camioncitos con los que nuestros hijos adornaban los parajes de papel encerado, están siendo reemplazados por bicicletas. Cualquier evocación de motor de gasolina es pecado.
Por estos días desfilan los indignados porque el cuento del Niño Jesús es un “engaño”, y esconder su figura con un billetico no es jugarle a los niños sino al capitalismo.
Pero, lo más difícil, es domar la conversación. Antes, la preocupación era que los hijos metieran la pata con alguna prima gorda o un padrino calvo. Ahora, el veto familiar es innegable: no falta la tía que agarre el bolso y se largue si alguien critica “al que sabemos” (Uribe o Petro, qué importa).
Los carros se multiplican en forma exponencial… los centros comerciales dan sentido a la palabra peregrinación…
Civilización y progreso. No siempre coinciden. En Navidad, la nostalgia siempre será salvaje.