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Con el viento a favor

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Estratégicamente ubicados, el Huila y el Tolima son hoy más seguros y más prósperos.

Así presenta la Revista “Semana” el amplio informe que –adjunto a su edición especial nº 1702, del 14 al 21 de diciembre- ofrece a sus lectores sobre el Tolima Grande. Es una  publicación de 210 páginas con la alta calidad editorial de todas las publicaciones de “Semana”. En su Introducción señala, además, que “Huila y Tolima han vuelto a ser no sólo el centro del sistema circulatorio de Colombia y el lazo de unión de la economía nacional, sino un polo de riqueza natural, cultural y tecnológica”.

Semejantes afirmaciones justifican plenamente el título de la publicación, que es el mismo de la presente columna. Sin embargo no se corresponden cabalmente con la realidad actual de una región cuya historia se desenvuelve en medio de múltiples problemas y contradicciones. Para empezar no es una región más segura que antes. Quizás tampoco lo sea menos. Es igual de insegura desde hace varias décadas.

En algunas zonas de las llanuras opitas y, sobre todo,  a todo lo largo de  su cordillera central –desde más al sur del nevado del Huila hasta más al norte del nevado del Tolima- siguen existiendo grupos armados ilegales que amenazan y someten a la omnipresente voluntad de sus fusiles tanto a finqueros como a comerciantes y demás ciudadanos.

En pleno centro del país, a una hora de Ibagué y a menos de treinta minutos de la carretera panamericana la gente vive con su seguridad amenazada. Tales amenazas no disminuyeron en ningún momento, ni siquiera en los tiempos de la seguridad democrática. Sobre aquella geografía arisca, asiento de una tierra dedicada a la producción agropecuaria, gobiernan, entre otros, los frentes 13 y 21 de las Farc.

Tampoco es una región más próspera que antes. La ley Páez llevó a Neiva  un acelerado desarrollo comercial que también vive hoy la capital del Tolima. Pero sus productos básicos, los que cultivan sus campesinos, se siguen comercializando sin valor agregado. En Ibagué, la ley de recuperación adoptada en virtud de la tragedia de Armero, impulsó el desarrollo de la industria textil. Sin embargo ese proceso se neutralizó por completo antes del nacimiento del nuevo siglo.

Una región se desplaza por la historia con el viento a favor cuando dinamiza su gestión colectiva. Ello supone progreso material y desarrollo espiritual de sus habitantes. Que su territorio sea apenas un cruce de caminos o sede de inversiones que no se desdoblen en mejoramiento de la calidad de vida, es insuficiente. De hecho en la primera década del presente siglo la región sólo contribuyó con el 2% del PIB nacional y aportó más 100 mil desplazados a la tragedia nacional del desarraigo.

Aun así, logró consolidar su producción agropecuaria. Como lo señala la Revista el Huila es el primer productor nacional de café y el Tolima conserva los más altos niveles de productividad de arroz incluso en términos internacionales. Esos productos, así como sus crecientes posibilidades turísticas, son sus principales activos económicos. Pero la gran riqueza de la región gira en torno a su activo espiritual: Su gente, su riqueza folclórica, sus universidades, sus museos, sus académicos, sus valores artísticos, su pensamiento, su historia intelectual como factor estimulante de sus potencialidades.

El próximo año se cumple el bicentenario de la aprobación de las Constituciones de las Provincias de Mariquita y de Neiva. Con ellas se cerró el período de “La Primera República”, el cual significó un interesante proceso de búsqueda institucional. Sus luces no se apagaron con la reconquista española. Más tarde iluminaron las sendas recorridas por hombres como Murillo Toro y Rojas Garrido; Francisco Eustaquio Álvarez y José María Samper; Alfonso López y Darío Echandía, César García Álvarez y Rodrigo Lara Bonilla. Su legado sembró fecundas semillas en materia de pensamiento.

Tengo claro que estas cosas son relativamente secundarias en el pragmatismo del mundo de los negocios y que, en publicaciones como la comentada, el patrocinio suele desdibujar la frontera –de suyo imprecisa- entre el incremento de la riqueza y el desarrollo de la región. Pero también creo que hay falta de conocimiento de la realidad que viven unos colombianos de carne y hueso en una provincia cuya vida no forma parte de las preocupaciones o prioridades de los niveles centrales.

Varios colaboradores de la Revista señalan –algunos con timidez- los claroscuros de la realidad regional. Razona bien el periodista Enrique Santos Molano, quien escribe un texto sobre el Rio Grande de la Magdalena cuya historia, en buena medida, se confunde con las del Tolima y el Huila. El río, dice, “ha perdido mucho de su tamaño, de su caudal, de la fuerza de su corriente, pero sigue siendo un gran rio”.

Lo mismo ocurre con la región opita: ha perdido mucho de su caudal histórico y de la fuerza de su corriente pero sigue siendo una gran región. No sólo por su situación geográfica, ni por las inversiones ajenas que se afincan o se valen de su territorio, sino por el activo espiritual que se mantiene impreso –como auténtico elemento esperanzador- en el corazón de sus habitantes. Es decir por el tema que le faltó resaltar a la publicación de “Semana”, o que apenas registra en forma marginal.

*Ex senador, profesor universitario @inefable1

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